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14. Vida Retirada-Fray Luis de León (1527-1591)

VIDA RETIRADA

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio moro, en jaspes sustentado.

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado,
si en busca de este viento
ando desalentado
con ansias vivas y mortal cuidado?

¡Oh campo, oh monte, oh río!
¡oh secreto seguro deleitoso!
roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestüoso.

Un no rompido sueño,
Un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de quien la sangre ensalza o el dinero.

Despiértenme las aves
con su cantar suave no aprendido,
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
quien al ajeno arbitrio está atenido.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas sin testigo
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto
que con la primavera,
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa
de ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego sosegada
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de 'verdura vistiendo,
y con diversas flores va esparciendo.

El aire el huerto orea
y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso ruido
que del oro y del cetro pone olvido.

Ténganse su tesoro
los que de un flaco leño se confían:
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.

La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.

A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me baste, y la vajilla
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.

Y mientras miserable?
mente se están los otros abrasando
en sed insaciable
del no durable mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

A la sombra tendido
de yedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce acordado
del plectro sabiamente meneado.

Fray Luis de León (1527-1591)

17. Noche Serena-Fray Luis de León (1527-1591)

NOCHE SERENA

Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado,

El amor y la pena
despiertan en mi pecho una ansia ardiente;
despiden larga vena
los ojos hechos fuente;
la lengua dice al fin con voz doliente:

Morada de grandeza,
templo de claridad y hermosura,
mi alma que a tu alteza
nació, ¿qué desventura
la tiene en esta cárcel baja, oscura?

¿Qué mortal desatino
de la verdad aleja así el sentido,
que de tu bien divino
olvidado, perdido
sigue la vana sombra, el bien fingido?

El hombre está entregado
al sueño, de su suerte no cuidando,
y con paso callado
el cielo vueltas dando
las horas del vivir le va hurtando.

¡Ay! despertad, mortales;
mirad con atención en vuestro daño;
¿las almas inmortales
hechas a bien tamaño
podrán vivir de sombra, y sólo engaño?

¡Ay! levantad los ojos
a aquesta celestial eterna esfera,
burlaréis los antojos
de aquesa lisonjera
vida, con cuanto terne y cuanto espera.

¿Es más que un breve punto
el bajo y torpe suelo, comparado
a aqueste gran trasunto,
do vive mejorado
lo que es, lo que será, lo que ha pasado?

Quien mira el gran concierto
de aquestos resplandores eternales,
su movimiento cierto,
sus pasos desiguales,
y en proporción concorde tan iguales;

La luna cómo mueve
la plateada rueda, y va en pos de ella
la luz do el saber llueve,
y la graciosa estrella
de amor la sigue reluciente y bella;

Y cómo otro camino
prosigue el sanguinoso Marte airado,
y el Júpiter benino
de bienes mil cercado
serena el cielo con su rayo amado;

Rodéase en la cumbre
Saturno, padre de los siglos de oro,
tras él la muchedumbre
del reluciente coro
su luz va repartiendo y su tesoro.

¿Quién es el que esto mira,
y precia la bajeza de la tierra,
y no gime y suspira
por romper lo que encierra
el alma, y de estos bienes la destierra?

Aquí vive el contento,
aquí reina la paz: aquí asentado
en rico y alto asiento
está el amor sagrado
de honra y de deleites rodeado.

Inmensa hermosura
aquí se muestra toda; y resplandece
clarísima luz pura,
que jamás anochece;
eterna primavera aquí florece.

¡Oh campos verdaderos!
¡oh prados con verdad frescos y amenos!
¡riquísimos mineros!
¡Oh deleitosos senos!
¡repuestos valles de mil bienes llenos!

Fray Luis de León (1527-1591)

25. Canción-Gil Polo (1530–1591)

CANCIÓN

En el campo venturoso,
Donde con clara corriente
Guadalavïar hermoso
Dejando el suelo abundoso
Da tributo al mar potente;

Galatea, desdeñosa
Del dolor que a Licio daña,
Iba alegre y bulliciosa
Por la ribera arenosa
Que el mar con sus ondas baña,

Entre la arena cogiendo
Conchas y piedras pintadas,
Muchos cantares diciendo
Con el son del ronco estruendo
De las ondas alteradas.

Junto al agua se ponía,
Y las ondas aguardaba,
Y en verlas llegar huía;
Pero a veces no podía
Y el blanco pie se mojaba.

Licio, al cual en sufrimiento
Amador ninguno iguala,
Suspendió allí su tormento
Mientras miraba el contento
De su pulida zagala.

Mas cotejando su mal
Con el gozo que ella había
El fatigado zagal
Con voz amarga y mortal
De esta manera decía:

—Ninfa hermosa, no te vea
Jugar con el mar horrendo;
Y aunque más placer te sea,
Huye del mar, Galatea,
Como estás de Licio huyendo.

Deja ahora de jugar,
Que me es dolor importuno:
No me hagas más penar,
Que en verte cerca del mar
Tengo celos de Neptuno.

Causa mi triste cuidado
Que a mi pensamiento crea:
Porque ya está averiguado
Que si no es tu enamorado
Lo será cuando te vea.

Y está cierto, porque amor
Sabe desde que me hirió,
Que para pena mayor
Me falta un competidor
Más poderoso que yo.

Deja la seca ribera,
Do está el alga infructuosa:
Guarda que no salga afuera
Alguna marina fiera
Enroscada y escamosa.

Huye ya, y mira que siento
Por ti dolores sobrados;
Porque con doble tormento
Celos me da tu contento
Y tu peligro cuidados.

En verte regocijada
Celos me hacen acordar
De Europa, ninfa preciada,
Del toro blanco engañada
En la ribera del mar.

Y el ordinario cuidado
Hace que piense contino
De aquel desdeñoso alnado,
Orilla el mar arrastrado,
Visto aquel monstruo marino.

Mas no veo en ti temor
De congoja y pena tanta;
Que bien sé por mi dolor
Que a quien no teme al amor
Ningún peligro le espanta.

Guarte pues de un gran cuidado:
Que el vengativo Cupido
Viéndose menospreciado,
Lo que no hace de grado,
Suele hacerlo de ofendido.

Ven conmigo al bosque ameno,
Y al apacible sombrío
De olorosas flores lleno,
Do en el día más sereno
No es enojoso el Estío.

Si el agua te es placentera,
Hay allí fuente tan bella,
Que para ser la primera
Entre todas, sólo espera
Que tú te laves en ella.

En aqueste raso suelo
A guardar tu hermosa cara
No basta sombrero o velo;
Que estando al abierto cielo
El sol morena te para.

No escuchas dulces concentos,
Sino el espantoso estruendo
Con que los bravosos vientos
Con soberbios movimientos
Van las aguas revolviendo.

Y tras la fortuna fiera
Son las vistas más süaves
Ver llegar a la ribera
La destrozada madera
De las anegadas naves.

Ven a la dulce floresta,
Do natura no fue escasa:
Donde haciendo alegre fiesta
La más calorosa siesta
Con más deleite se pasa.

Huye los soberbios mares;
Ven, verás cómo cantamos
Tan deleitosos cantares
Que los más duros pesares
Suspendemos y engañamos;

Y aunque quien pasa dolores,
Amor le fuerza a cantarlos,
Yo haré que los pastores
No digan cantos de amores,
Porque huelgues de escucharlos.

Allí, por bosques y prados,
Podrás leer todas horas,
En mil robles señalados
Los nombres más celebrados
De las ninfas y pastoras.

Mas seráte cosa triste
Ver tu nombre allí pintado,
En saber que escrita fuiste
Por el que siempre tuviste
De tu memoria borrado.

Y aunque mucho estés airada,
No creo yo que te asombre
Tanto el verte allí pintada,
Como el ver que eres amada
Del que allí escribió tu nombre.

No ser querida y amar
Fuera triste desplacer;
Mas ¿qué tormento o pesar
Te puede, Ninfa, causar
Ser querida y no querer?

Mas desprecia cuanto quieras
A tu pastor, Galatea;
Sólo que en estas riberas
Cerca de las ondas fieras
Con mis ojos no te vea.

¿Qué pasatiempo mejor
Orilla el mar puede hallarse
Que escuchar el ruiseñor,
Coger la olorosa flor
Y en clara fuente lavarse?

Plugiera a Dios que gozaras
De nuestro campo y ribera,
Y porque más lo preciaras,
Ojalá tú lo probaras,
Antes que yo lo dijera.

Porque cuanto alabo aquí
De su crédito lo quito;
Pues el contentarme a mí
Bastará para que a ti
No te venga en apetito.—

Licio mucho más le hablara,
Y tenía más que hablalle,
Si ella no se lo estorbara,
Que con desdeñosa cara
Al triste dice que calle.

Volvió a sus juegos la fiera
Y a sus llantos el pastor,
Y de la misma manera
Ella queda en la ribera,
Y él en su mismo dolor.

Gil Polo (1530–1591)

38. La Vida en el Campo-Lupercio Leonardo de Argensola (1562–1631)

LA VIDA EN EL CAMPO
Llevó tras sí los pámpanos octubre,
Y con las grandes lluvias insolente,
No sufre Ibero márgenes ni puente,
Mas antes los vecinos campos cubre.

Moncayo, como suele, ya descubre
Coronada de nieve la alta frente;
Y el sol apenas vemos en oriente,
Cuando la opaca tierra nos lo encubre.

Sienten el mar y selvas ya la saña
Del Aquilón, y encierra su bramido
Gente en el puerto y gente en la cabaña.

Y Fabio, en el umbral de Tais tendido
Con vergonzosas lágrimas lo baña,
Debiéndolas al tiempo que ha perdido.

Llevó tras sí los pámpanos octubre,
Y con las grandes lluvias insolente,
No sufre Ibero márgenes ni puente,
Mas antes los vecinos campos cubre.

Moncayo, como suele, ya descubre
Coronada de nieve la alta frente;
Y el sol apenas vemos en oriente,
Cuando la opaca tierra nos lo encubre.

Sienten el mar y selvas ya la saña
Del Aquilón, y encierra su bramido
Gente en el puerto y gente en la cabaña.

Y Fabio, en el umbral de Tais tendido
Con vergonzosas lágrimas lo baña,
Debiéndolas al tiempo que ha perdido.


Llevó tras sí los pámpanos octubre,
Y con las grandes lluvias insolente,
No sufre Ibero márgenes ni puente,
Mas antes los vecinos campos cubre.

Moncayo, como suele, ya descubre
Coronada de nieve la alta frente;
Y el sol apenas vemos en oriente,
Cuando la opaca tierra nos lo encubre.

Sienten el mar y selvas ya la saña
Del Aquilón, y encierra su bramido
Gente en el puerto y gente en la cabaña.

Y Fabio, en el umbral de Tais tendido
Con vergonzosas lágrimas lo baña,
Debiéndolas al tiempo que ha perdido.

Lupercio Leonardo de Argensola (1562–1631)

59. Al Céfiro-Esteban Manuel de Villegas (1589–1669)

AL CÉFIRO (ODA SÁFICA)

Dulce vecino de la verde selva,
Huésped eterno del abril florido,
Vital aliento de la madre Venus,
                Céfiro blando;

Si de mis ansias el amor supiste,
Tú, que las quejas de mi voz llevaste,
Oye, no temas, y a mi ninfa dile,
                Dile que muero.

Filis un tiempo mi dolor sabía;
Filis un tiempo mi dolor lloraba;
Quísome un tiempo, mas ahora temo,
                Temo sus iras.

Así los dioses con amor paterno,
Así los cielos con amor benigno,
Nieguen al tiempo que feliz volares
                Nieve a la tierra.

Jamás el peso de la nube parda
Cuando amanece en la elevada cumbre,
Toque tus hombros ni su mal granizo
                Hiera tus alas.

Esteban Manuel de Villegas (1589–1669)

63. Epístola de Fabio a Nafriso-Gaspar Melchor de Jovellanos (1744–1811)

EPÍSTOLA DE FABIO A NAFRISO

Credibile est illi numen inesse loco —Ovidius

Desde el oculto y venerable asilo
Do la virtud austera y penitente
Vive ignorada y, del liviano mundo
Huida, en santa soledad se esconde,
El triste Fabio al venturoso Anfriso
Salud en versos flébiles envía.
Salud le envía a Anfriso, al que inspirado
De las mantuanas musas, tal vez suele
Al grave son de su celeste canto
Precipitar del viejo Manzanares
El curso perezoso: tal süave
Suele ablandar con amorosa lira
La altiva condición de sus zagalas.

¡Plugiera a Dios, oh Anfriso, que el cuitado
A quien no dio la suerte tal ventura
Pudiese huir del mundo y sus peligros!
¡Plugiera a Dios, pues ya con su barquilla
Logró arribar a puerto tan seguro,
Que esconderla supiera en este abrigo,
A tanta luz y ejemplos enseriado!
Huyera así la furia tempestuosa
De los contrarios vientos, los escollos,
Y las fieras borrascas tantas veces
Entre sustos y lágrimas corridas.
Así también del mundanal tumulto
Lejos, y en estos montes guarecido,
Alguna vez gozara del reposo,
Que hoy desterrado de su pecho vive.

Mas ¡ay de aquel que hasta en el santo asilo
De la virtud arrastra la cadena,
La pesada cadena con que el mundo
Oprime a sus esclavos! ¡Ay del triste
En cuyo oído suena con espanto,
Por esta oculta soledad rompiendo,
De su señor el imperioso grito!

Busco en estas moradas silenciosas
El reposo y la paz que aquí se esconden,
Y sólo encuentro la inquietud funesta
Que mis sentidos y razón conturba.

Busco paz y reposo, pero en vano
Los busco ¡oh caro Anfriso! que estos dones,
Herencia santa que al partir del mundo
Dejó Bruno en sus hijos vinculada,
Nunca en profano corazón entraron
Ni a los parciales del placer se dieron.

Conozco bien que, fuera de este asilo,
Sólo me guarda el mundo sinrazones,
Vanos deseos, duros desengaños,
Susto y dolor; empero todavía
A entrar en él no puedo resolverme.
No puedo resolverme, y despechado
Sigo el impulso del fatal destino
Que a muy más dura esclavitud me guía.
Sigo su fiero impulso, y llevo siempre
Por todas partes los pesados grillos
Que de la ansiada libertad me privan.

De afán y angustia el pecho traspasado,
Pido a, la muda soledad consuelo
Y con dolientes quejas la importuno.
Salgo al ameno valle, subo al monte,
Sigo del claro río las corrientes,
Busco la fresca y deleitosa sombra,
Corro por todas partes, y no encuentro
En parte alguna la quietud perdida.

¡Ay, Anfriso, qué escenas a mis ojos,
Cansados de llorar, presenta el cielo!
Rodeado de frondosos y altos montes
Se extiende un valle, que de mil delicias
Con sabia mano ornó naturaleza.
Pártele en dos mitades, despeñado
De las vecinas rocas, el Lozoya,
Por su pesca famoso y dulces aguas.
Del claro río sobre el verde margen
Crecen frondosos álamos, que al cielo
Ya erguidos alzan las plateadas copas,
O ya, sobre las aguas encorvados,
En mil figuras miran con asombro
Su forma en los cristales retratada.
De la siniestra orilla un bosque umbrío
Hasta la falda del vecino monte
Se extiende: tan ameno y delicioso
Que le hubiera juzgado el gentilismo
Morada de algún dios, o a los misterios
De las silvanas Dríades guardado.

Aquí encamino mis inciertos pasos,
Mansión la más conforme para un triste,
Entro a pensar en mi crüel destino.
La grata soledad, la dulce sombra,
El aire blando y el silencio mudo,
Mi desventura y mi dolor adulan.
No alcanza aquí del padre de las luces
El rayo acechador, ni su reflejo
Viene a cubrir de confusión el rostro
De un infeliz en su dolor sumido.
El canto de las aves no interrumpe
Aquí tampoco la quietud de un triste,
Pues sólo de la viuda tortolilla
Se oye tal vez el lastimero arrullo,
Tal vez el melancólico trinado
De la angustiada y dulce Filomena.
Con blando impulso el céfiro süave,
Las copas de los árboles moviendo,
Recrea el alma con el manso ruido,
Mientras al dulce soplo desprendidas
Las agostadas hojas, revolando,
Bajan en lentos círculos al suelo,
Cúbrenle en torno, y la frondosa pompa
Que al árbol adornara en primavera,
Yace marchita y muestra los rigores
Del abrasado estío y seco otoño.

¡Así también de juventud lozana
Pasan, oh Anfriso, las livianas dichas!
Un soplo de inconstancia, de fastidio,
O de capricho femenil las tala
Y lleva por el aire, cual las hojas
De los frondosos árboles caídas.
Ciegos empero, y tras su vana sombra
De contino exhalados, en pos de ellas
Corremos hasta hallar el precipicio
Do nuestro error y su ilusión nos guían.
Volamos en pos de ellas como suele
Volar a la dulzura del reclamo
Incauto el pajarillo: entre las hojas
El preparado visco le detiene:
Lucha cautivo por huir, y en vano,
Porque un traidor, que en asechanza atisba,
Con mano infiel la libertad le roba
Y muerte le condena a cárcel dura.

¡Ah, dichoso el mortal de cuyos ojos
Un pronto desengaño corrió el velo
De la ciega ilusión! ¡Una y mil veces
Dichoso el solitario penitente
Que, triunfando del mundo y de sí mismo,
Vive en la soledad libre y contento!
Unido a Dios por medio de la santa
Contemplación, le goza ya en la tierra,
Y retirado en su tranquilo albergue
Observa reflexivo los milagros
De la naturaleza, sin que nunca
Turben el susto ni el dolor su pecho.

Regálanle las aves con su canto,
Mientras la aurora sale refulgente
A cubrir de alegría y luz el mundo.
Nácele siempre el sol claro y brillante,
Y nunca a él levanta conturbados
Sus ojos, ora en el oriente raye,
Ora, del cielo a la mitad subiendo,
En pompa guíe el reluciente carro;
Ora con tibia luz, más perezoso,
Su faz esconda en los vecinos montes.
Cuando en las claras noches cuidadoso
Vuelve desde los santos ejercicios,
La plateada luna en lo más alto
Del cielo mueve la luciente rueda
Con augusto silencio, y recreando
Con blando resplandor su humilde vista,
Eleva su razón, y la dispone
A contemplar la alteza y la inefable
Gloria del Padre y Creador del mundo.
Libre de los cuidados enojosos
Que en los palacios y dorados techos
Nos turban de confino, y entregado
A la inefable y justa Providencia,
Si al breve sueño alguna pausa pide
De sus santas tareas, obediente
Viene a cerrar sus párpados el sueño
Con mano amiga, y de su lado .ahuyenta
El susto y las fantasmas de la noche.

¡Oh suerte venturosa, a los amigos
De la virtud guardada! ¡Oh dicha, nunca
De los tristes mundanos conocida!
¡Oh monte impenetrable! ¡Oh bosque umbrío!
¡Oh valle deleitoso! ¡Oh solitaria,
Taciturna mansión! ¡Oh, quién, del alto
Y proceloso mar del mundo huyendo
A vuestra santa calma, aquí seguro
Vivir pudiera siempre, y escondido!

Tales cosas revuelvo en mi memoria
En esta triste soledad sumido.
Llega en tanto la noche, y con su manto
Cobija el ancho mundo. Vuelvo entonces
A los medrosos claustros. De una escasa
Luz el distante y pálido reflejo
Guía por ellos mis inciertos pasos;
Y en medio del horror y del silencio,
¡Oh fuerza del ejemplo portentosa!
Mi corazón palpita, en mi cabeza
Se erizan los cabellos, se estremecen
Mis carnes, y discurre por mis nervios
Un súbito rigor que los embarga.
Parece que oigo que del centro oscuro
Sale una voz tremenda que, rompiendo
El eterno silencio, así me dice:
«Huye de aquí, profano; tú, que llevas
De ideas mundanales lleno el pecho,
Huye de esta morada, do se albergan
Con la virtud humilde y silenciosa
Sus escogidos: huye, y no profanes
Con tu planta sacrílega este asilo.»
Con paso vacilante voy cruzando
De aviso tal al golpe confundido,
Los pavorosos tránsitos, y llego
Por fin a mi morada, donde ni hallo
El ansiado reposo, ni recobran
La suspirada calma mis sentidos.
Lleno de congojosos pensamientos
Paso la triste y perezosa noche
En molesta vigilia, sin que llegue
A mis ojos el sueño, ni interrumpan
Sus regalados bálsamos mi pena.
Vuelve por fin con la rosada aurora
La luz aborrecida, y en pos de ella
El claro día a publicar mi llanto
Y dar nueva materia al dolor mío.

Gaspar Melchor de Jovellanos (1744–1811)

70. La Timidez-Juan María Maury (1772-1845)

LA TIMIDEZ

A las márgenes alegres
Que el Guadalquivir fecunda,
donde ostenta pomposo
El orgullo de su cuna,

Vino Rosalba, sirena
De los mares que tributan
A España, entre perlas y oro,
Peregrinas hermosuras.

Más festiva que las auras,
Más ligera que la espuma,
Hermosa como los cielos,
Gallarda como ninguna,

Con el hechicero adorno
De tantas bellezas juntas,
No hay corazón que no robe,
Ni quietud que no destruya.

Así Rosalba se goza,
Mas la que tanto procura
Avasallar libertades,
Al cabo empeña la suya.

Lisardo, joven amable,
Sobresale entre la turba
De esclavos que por Rosalba
Sufren de amor la coyunda.

Tal vez sus floridos años
No bien de la edad adulta
Acaban de ver cumplida
La primavera segunda.

Aventajado en ingenio,
Rico en bienes de fortuna,
Dichoso, en fin, si supiera
Que audacias amor indulta,

Idólatra más que amante,
Con adoración profunda,
A Rosalba reverencia,
Y deidad se la figura.

Un día alcanza a otro día
Sin que su amor le descubra;
El respeto le encadena
Y ella su respeto culpa.

Bien a Lisardo sus ojos
Dijeran que más presuma;
Pero él, comedido amante,
O los huye o no los busca.

Perdido y desconsolado,
Una noche en que natura
A meditación convida
Con su pompa taciturna,

Mientras el disco mudable,
En que ceñirse acostumbra,
Entre celajes de nácar
Esconde tímida luna;

Al margen del sacro río
La inocente suerte acusa,
Y así fatiga los aires
Con endechas importunas:

          «Baja tu velo
          Amor altivo,
          Mira que al cielo
          Osado va;
          Buscas en vano
          Correspondencia;
          Amor insano,
          Déjame ya.

          »Déjame el alma
          Que otra vez libre
          Plácida calma
          Vuelva a tener:
         ¡Qué digo, necio!
          El cielo sabe
          Si más aprecio
          Mi padecer.

          »Gima y padezca,
          Una esperanza
          Sin que merezca
          A mi deidad;
          Sin que le pida
          Jamás el premio
          De mi perdida
          Felicidad.

          »Tímida boca,
          Nunca le digas
          La pasión loca
          Del corazón,
          Adonde oculto
          Está su templo,
          Y ofrenda y culto
          Lágrimas son.»

Más dijera, pero el llanto,
En que sus ojos abundan,
Le interrumpe, y las palabras
En la garganta se anudan.

Cuando junto a la ribera,
En un valle donde muchas
Del árbol grato a Minerva
Opimas ramas se cruzan,

Süave cuanto sonora,
Lisardo otra voz escucha,
Que, enamorando los ecos
Tales acentos modula:

          «Prepara el ensayo
          De más atractivos
          La rosa en los vivos
          Albores de Mayo:

          »Si al férvido rayo
          Su cáliz expone,
          Que el sol la corone
          En premio ha logrado,
          Y es reina del prado
          Y amor de Dïone
        .
          »¡Oh fuente! En eterno
          Olvido quedaras
          Si no te lanzaras
          Del seno materno;
        
          »Tal vez el invierno
          Tu curso demora,
          Mas tú, vencedora,
          Burlando las nieves,
          A tu ímpetu debes
          Los besos de Flora.

          »Y tú, que en dolores
          Consumes los años,
          Autor de tus daños
          Por vanos temores,

          »En pago de amores
          No temas enojos,
          Enjuga los ojos;
          Que el dios que te hiere
          Más culto no quiere
          Que audacias y arrojos.»

Rayo son estas palabras
Que al ciego joven alumbran,
Quien su engallo reconoce
Y la voz que las pronuncia.

Y al valle se arroja, adonde
Testigos de su ventura
Fueron las amigas sombras
De la noche y selva muda;

Mas muda la selva en vano
Y en vano la sombra oscura:
No sufre orgullosa Venus
Que sus victorias se encubran.

Lo que celaron los ramos
Las cortezas lo divulgan,
Que en ellas dulces memorias
Con emblemas perpetúan.

Las Náyades en los troncos
La fe y amor que se juran
Leyeron, y ruborosas
Se volvieron a sus urnas.

Juan María Maury (1772-1845)

72. La Agricultura de la zona tórrida-Andrés Bello (1871-1865)

LA AGRICULTURA DE LA ZONA TÓRRIDA

¡Salve, fecunda zona,
Que al sol enamorado circunscribes
El vago curso, y cuanto ser se anima
En cada vario clima,
Acariciada de su luz, concibes!
Tú tejes al verano su guirnalda
De granadas espigas; tú la uva
Das a la hirviente cuba:
No de purpúrea flor, o roja, o gualda
A tus florestas bellas
Falta matiz alguno; y bebe en ellas
Aromas mil el viento;
Y greyes van sin cuento
Paciendo tu verdura, desde el llano
Que tiene por lindero el horizonte,
Hasta el erguido monte,
De inaccesible nieve siempre cano.
Tú das la caña hermosa,
De do la miel se acendra,
Por quien desdeña el mundo los panales:
Tú en urnas de coral cuajas la almendra
Que en la espumante jícara rebosa:
Bulle carmín viviente en tus nopales,
Que afrenta fuera al múrice de Tiro;
Y de tu añil la tinta generosa
Émula es de la lumbre del zafiro;
El vino es tuyo, que la herida agave
Para los hijos vierte
Del Anáhuac feliz; y la hoja es tuya
Que cuando de süave
Humo en espiras vagorosas huya,
Solazará el fastidio al ocio inerte.
Tú vistes de jazmines
El arbusto sabeo,
Y el perfume le das que en los festines
La fiebre insana templará a Lieo.
Para tus hijos la procera palma
Su vario feudo cría,
Y el ananás sazona su ambrosía:
Su blanco pan la yuca,
Sus rubias pomas la patata educa,
Y el algodón despliega al aura leve
Las rosas de oro y el vellón de nieve.
Tendida para ti la fresca parcha
En enramadas de verdor lozano,
Cuelga de sus sarmientos trepadores
Nectáreos globos y franjadas flores;
Y para ti el maíz, jefe altanero
De la espigada tribu, hinche su grano;
Y para ti el banano
Desmaya al peso de su dulce carga;
El banano, primero
De cuantos concedió bellos presentes
Providencia a las gentes
Del Ecuador feliz con mano larga.
No ya de humanas artes obligado
El premio rinde opimo:
No es a la podadera, no al arado
Deudor de su racimo;
Escasa industria bástale, cual puede
Hurtar a sus fatigas mano esclava:
Crece veloz, y cuando exhausto acaba,
Adulta prole en torno le sucede.

Mas ¡oh! si cual no cede
El tuyo, fértil zona, a suelo alguno,
Y como de natura esmero ha sido,
De tu indolente habitador lo fuera.
¡Oh! ¡Si al falaz rüido
La dicha al fin supiese verdadera
Anteponer, que del umbral le llama
Del labrador sencillo,
Lejos del necio y vano
Fausto, el mentido brillo,
El ocio pestilente ciudadano.
¿Por qué ilusión funesta
Aquellos que fortuna hizo señores
De tan dichosa tierra y pingüe y varia,
Al cuidado abandonan
Y a la fe mercenaria
Las patrias heredades,
Y en el ciego tumulto se aprisionan
De míseras ciudades,
Do la ambición proterva
Sopla la llama de civiles bandos,
O al patriotismo la desidia enerva;
Do el lujo las costumbres atosiga,
Y combaten los vicios
La incauta edad en poderosa liga?
No allí con varoniles ejercicios
Se endurece el mancebo a la fatiga;
Mas la salud estraga en el abrazo
De pérfida hermosura,
Que pone en almoneda los favores;
Mas pasatiempo estima
Prender aleve en casto seno el fuego
De ilícitos amores;
O embebecido le hallará la aurora
En mesa infame de ruinoso juego.
En tanto a la lisonja seductora
Del asiduo amador fácil oído
Da la consorte: crece
En la materna escuela
De la disipación y el galanteo
La tierna virgen, y al delito espuela
Es antes el ejemplo que el deseo.
¿Y será que se formen de este modo
Los ánimos heroicos denodados
Que fundan y sustentan los Estados?
¿De la algazara del festín beodo,
O de los coros de liviana danza,
La dura juventud saldrá, modesta,
Orgullo de la patria y esperanza?
¿Sabrá con firme pulso
De la severa ley regir el freno,
Brillar en torno aceros homicidas
En la dudosa lid verá sereno,
O animoso hará frente al genio altivo
Del engreído mando en la tribuna,
Aquel que ya en la cuna
Durmió al arrullo del cantar lascivo,
Que riza el pelo, y se unge y se atavía
Con femenil esmero,
Y en indolente ociosidad el día,
O en criminal lujuria pasa entero?
No así trató la triunfadora Roma
Las artes de la paz y de la guerra;
Antes fió las riendas del Estado
A la mano robusta
Que tostó el sol y encalleció el arado:
Y bajo el techo humoso campesino
Los hijos educó, que el conjurado
Mundo allanaron al valor latino.

¡Oh! ¡Los que afortunados poseedores
Habéis nacido de la tierra hermosa
En que reseña hacer de sus favores,
Como para ganaros y atraeros,
Quiso naturaleza bondadosa,
Romped el duro encanto
Que os tiene entre murallas prisioneros!
El vulgo de las artes laborioso,
El mercader que, necesario al lujo,
Al lujo necesita,
Los que anhelando van tras el señuelo
Del alto cargo y del honor ruidoso,
La grey de aduladores parasita,
Gustosos pueblen ese infecto caos;
El campo es vuestra herencia: en él gozaos.
¿Amáis la libertad? El campo habita:
No allá donde el magnate
Entre armados satélites se mueve,
Y de la moda, universal señora,
Va la razón al triunfal carro atada,
Y a la fortuna la insensata plebe,
Y el noble al aura popular adora.
¿O la virtud amáis? ¡Ah! ¡Que el retiro,
La solitaria calma
En que, juez de sí misma, pasa el alma
A las acciones muestra,
Es de la vida la mejor maestra!
¿Buscáis durables goces,
Felicidad, cuanta es al hombre dada
Y a su terreno asiento, en que vecina
Está la risa al llanto, y siempre ¡ah! siempre,
Donde halaga la flor, punza la espina?
Yd a gozar la suerte campesina;
La regalada paz, que ni rencores,
Al labrador, ni envidias acibaran;
La cama que mullida le preparan
El contento, el trabajo, el aire puro;
Y el sabor de los fáciles manjares,
Que dispendiosa gula no le aceda;
Y el asilo seguro
De sus patrios hogares
Que a la salud y al regocijo hospeda.
El aura respirad de la montaña,
Que vuelve al cuerpo laso
El perdido vigor, que a la enojosa
Vejez retarda el paso,
Y el rostro a la beldad tiñe de rosa.
¿Es allí menos blanda por ventura
De amor la llama, que templó el recato?
¿O menos aficiona la hermosura
Que de extranjero ornato
Y afeites impostores no se cura?
¿O el corazón escucha indiferente
El lenguaje inocente
Que los afectos sin disfraz expresa
Y a la intención ajusta la promesa?
No del espejo al importuno ensayo
La risa se compone, el paso, el gesto;
No falta allí carmín al rostro honesto
Que la modestia y la salud colora,
Ni la mirada que lanzó al soslayo
Tímido amor, la senda al alma ignora.
¿Esperáis que forme
Más venturosos lazos himeneo,
Do el interés barata,
Tirano del deseo,
Ajena mano y fe por hombre o plata,
Que do conforme gusto, edad conforme,
Y elección libre, y mutuo ardor los ata?

Allí también deberes
Hay que llenar: cerrad, cerrad las hondas
Heridas de la guerra; el fértil suelo,
Áspero ahora y bravo,
Al desacostumbrado yugo torne
Del arte humana y le tribute esclavo.
Del obstruido estanque y del molino
Recuerden ya las aguas el camino;
El intrincado bosque el hacha rompa,
Consuma el fuego; abrid en luengas calles
La obscuridad de su infructuosa pompa.
Abrigo den los valles
A la sedienta caña;
La manzana y la pera
En la fresca montaña
El cielo olviden de su madre España;
Adorne la ladera
El cafetal; ampare
A la tierra teobroma en la ribera
La sombra maternal de su bucare;
Aquí el vergel, allá la huerta ría…
¿Es ciego error de ilusa fantasía?
Ya dócil a tu voz, agricultura,
Nodriza de las gentes, la caterva
Servil armada va de corvas haces;
Mírola ya que invade la espesura
De la floresta opaca; oigo las voces;
Siento el rumor confuso, el hierro suena;
Los golpes el lejano
Eco redobla; gime el ceibo anciano,
Que a numerosa tropa
Largo tiempo fatiga:
Batido de cien hachas se estremece,
Estalla al fin, y rinde el ancha copa.
Huyó la fiera; deja el caro nido,
Deja la prole implume
El ave, y otro bosque no sabido
De los humanos, va a buscar doliente.
¿Qué miro? Alto torrente
De sonorosa llama
Corre, y sobre las áridas ruinas
De la postrada selva se derrama.
El raudo incendio a gran distancia brama,
Y el humo en negro remolino sube,
Aglomerando nube sobre nube.
Ya de lo que antes era
Verdor hermoso y fresca lozanía,
Sólo difuntos troncos,
Sólo cenizas quedan, monumento
De la dicha mortal, burla del viento.
Mas al vulgo bravío
De las tupidas plantas montaraces
Sucede ya el fructífero plantío
En muestra ufana de ordenados haces.
Ya ramo a ramo alcanza
Y a los rollizos tallos hurta el día:
Ya la primera flor desvuelve el seno,
Bello a la vista, alegre a la esperanza:
A la esperanza, que riendo enjuga
Del fatigado agricultor la frente,
Y allá a lo lejos el opimo fruto
Y la cosecha apañadora pinta,
Que lleva de los campos el tributo,
Colmado el cesto, y con la falda encinta;
Y bajo el peso de los largos bienes
Con que al colono acude,
Hace crujir los vastos almacenes.

¡Buen Dios! no en vano sude,
Mas a merced y compasión te mueva
La gente agricultora
Del Ecuador, que del desmayo triste
Con renovado aliento vuelve ahora,
Y tras tanta zozobra, ansia, tumulto,
Tantos arios de fiera
Devastación y militar insulto,
Aún más que tu clemencia antigua implora.
Su rústica piedad, pero sincera,
Halle a tus ojos gracia; no el risueño
Porvenir que las penas le aligera,
Cual de dorado sueño
Visión falaz, desvanecido llore:
Intempestiva lluvia no maltrate
El delicado embrión: el diente impío
Del insecto roedor no lo devore:
Sañudo vendaval no lo arrebate,
Ni agote el árbol el materno jugo
La calorosa sed de largo estío.
Y pues al fin te plugo,
Árbitro de la suerte soberano,
Que suelto el cuello de extranjero yugo
Irguiese al cielo el hombre americano,
Bendecida de ti se arraigue y medre
Su libertad; en el más hondo encierra
De los abismos la malvada guerra,
Y el miedo de la espada asoladora
Al suspicaz cultivador no arredre
Del arte bienhechora,
Que las familias nutre y los Estados;
La azorada inquietud deje las almas,
Deje la triste herrumbre los arados.
Asaz de nuestros padres malhadados
Expiamos la bárbara conquista.
¿Cuántas doquier la vista
No asombran erizadas soledades,
Do cultos campos fueron, do ciudades?
De muertes, proscripciones,
Suplicios, orfandades,
¿Quién contará la pavorosa suma?
Saciadas duermen ya de sangre ibera
Las sombras de Atahualpa y Moctezuma.
¡Ah! Desde el alto asiento
En que escabel te son alados coros
Que velan en pasmado acatamiento
La faz ante la lumbre de tu frente
(Si merece por dicha una mirada
Tuya la sin ventura humana gente),
El ángel nos envía,
El ángel de la paz, que al crudo ibero
Haga olvidar la antigua tiranía,
Y acatar reverente el que a los hombres
Sagrado diste, imprescriptible fuero;
Que alargar le haga al injuriado hermano
(¡Ensangrentóla asaz!) la diestra inerme;
Y si la innata mansedumbre duerme,
La despierte en el pecho americano.
El corazón lozano
Que una feliz obscuridad desdeña,
Que en el azar sangriento del combate
Alborozado late,
Y codicioso de poder o fama,
Nobles peligros ama;
Baldón estime sólo y vituperio
El prez que de la patria no reciba,
La libertad más dulce que el imperio,
Y más hermosa que el laurel la oliva.
Ciudadano el soldado,
Deponga de la guerra la librea;
El ramo de victoria
Colgado al ara de la patria sea,
Y sola adorne al mérito la gloria.
De su triunfo entonces patria mía,
Verá la paz el suspirado día;
La paz, a cuya vista el mundo llena
Alma, serenidad y regocijo,
Vuelve alentado el hombre a la faena,
Alza el ancla la nave, a las amigas
Auras encomendándose animosa,
Enjámbrase el taller, hierve el cortijo,
Y no basta la hoz a las espigas.

¡Oh jóvenes naciones, que ceñida
Alzáis sobre el atónito Occidente
De tempranos laureles la cabeza!
Honrad al campo, honrad la simple vida
Del labrador y su frugal llaneza.
Así tendrán en vos perpetuamente
La libertad morada,
Y freno la ambición, y la ley templo.
Las gentes a la senda
De la inmortalidad, ardua y fragosa,
Se animarán, citando vuestro ejemplo.
Lo emulará celosa
Vuestra posteridad, y nuevos nombres
Añadiendo la fama
A los que ahora aclama,

«Hijos son éstos, hijos
(Pregonará a los hombres)
De los que vencedores superaron
De los Andes la cima;
De los que en Boyacá, los que en la arena
De Maipo y en Junín, y en la campaña
Gloriosa de Apurima,
Postrar supieron al león de España.»

Andrés Bello (1871-1865)

73. Niágara-José María Heredia (1803-1839)

NIÁGARA

Dadme mi lira, dádmela: que siento
En mi alma estremecida y agitada
Arder la inspiración. ¡Oh! ¡cuánto tiempo
En tinieblas pasó, sin que mi frente
Brillase con su luz! ... Niágara undoso,
Sola tu faz sublime ya podría
Tornarme el don divino, que ensañada
Me robó del dolor la mano impía.

Torrente prodigioso, calma, acalla
Tu trueno aterrador: disipa un tanto
Las tinieblas que en torno te circundan,
Y déjame mirar tu faz serena,
Y de entusiasmo ardiente mi alma llena.
Yo digno soy de contemplarte: siempre,
Lo común y mezquino desdeñando,
Ansié por lo terrífico y sublime.
Al despeñarse el huracán furioso,
Al retumbar sobre mi frente el rayo,
Palpitando gocé: vi al Oceano
Azotado del austro proceloso
Combatir mi bajel, y ante mis plantas
Sus abismos abrir, y amé el peligro,
Y sus iras amé: mas su fiereza
En mi alma no dejara
La profunda impresión de tu grandeza.

Corres sereno y majestuoso, y luego
En ásperos peñascos quebrantado,
Te abalanzas violento, arrebatado,
Como el destino irresistible y ciego.
¿Qué voz humana describir podría
De la sirte rugiente
La aterradora faz? El alma mía
En vagos pensamientos se confunde,
Al contemplar la férvida corriente,
Que en vano quiere la turbada vista
En su vuelo seguir al borde oscuro
Del precipicio altísimo: mil olas,
Cual pensamiento rápidas pasando,
Chocan y se enfurecen,
Y otras mil y otras mil ya las alcanzan,
Y entre espuma y fragor desaparecen.
Mas llegan... saltan... el abismo horrendo
Devora los torrentes despeñados;
Crúzanse en él mil iris, y asordados
Vuelven los bosques el fragor tremendo.
Al golpe violentísimo en las peñas
Rómpese el agua, y salta, y una nube
De revueltos vapores
Cubre el abismo en remolinos, sube,
Gira en torno, y al cielo
Cual pirámide inmensa se levanta,
Y por sobre los bosques que le cercan
Al solitario cazador espanta.

Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista
Con inquieto afanar? ¿Por qué no miro
Alrededor de tu caverna inmensa
Las palmas ¡ay! las palmas deliciosas,
Que en las llanuras de mi ardiente patria
Nacen del sol a la sonrisa, y crecen,
Y al soplo de la brisa del Oceano
Bajo un cielo purísimo se mecen?

Este recuerdo a mi pesar me viene.
Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino,
Ni otra corona que el agreste pino
A tu terrible majestad conviene.
La palma y mirto, y delicada rosa,
Muelle placer inspiren y ocio blando
En frívolo jardín: a ti la suerte
Guarda más digno objeto y más sublime.
El alma libre, generosa y fuerte,
Viene, te ve, se asombra,
Menosprecia los frívolos deleites
Y aun se siente elevar cuando te nombra.

¡Dios, Dios de la verdad! en otros climas
Vi monstruos execrables
Blasfemando tu nombre sacrosanto,
Sembrar error y fanatismo impío,
Los campos inundar con sangre y llanto,
De hermanos atizar la infanda guerra
Y desolar frenéticos la tierra.
Vilos, y el pecho se inflamó a su vista
En grave indignación. Por otra parte
Vi mentidos filósofos que osaban
Escrutar tus misterios, ultrajarte,
Y de impiedad al lamentable abismo
A los míseros hombres arrastraban:
Por eso siempre te buscó mi mente
En la sublime soledad: ahora
Entera se abre a ti; tu mano siente
En esa inmensidad que me circunda,
Y tu profunda voz baja a mi seno
De este raudal en el eterno trueno.

¡Asombroso torrente!
¡Cómo tu vista mi ánimo enajena
Y de terror y admiración me llena!
¿Do tu origen está? ¿Quién fertiliza
Por tantos siglos tu inexhausta fuente?
¿Qué poderosa mano
Hace que al recibirte
No rebose en la tierra el Oceano?

Abrió el Señor su mano omnipotente,
Cubrió tu faz de nubes agitadas,
Dio su voz a tus aguas despeñadas
Y ornó con su arco tu terrible frente.

Miró tus aguas que incansable corren,
Como el largo torrente de los siglos
Rueda en la eternidad: así del hombre
Pasan volando los floridos días
Y despierta el dolor... ¡Ay! ya agotada
Siento mi juventud, mi faz marchita,
Y la profunda pena que me agita
Ruga mi frente de dolor nublada.

Nunca tanto sentí como este día
Mi mísero aislamiento, mi abandono,
Mi lamentable desamor... ¿Podría
Un alma apasionada y borrascosa
Sin amor ser feliz?... ¡Oh!
¡Si una hermosa Digna de mí me amase
Y de este abismo al borde turbulento
Mi vago pensamiento
Y mi andar solitario acompañase!'
¡Cuál gozara al mirar su faz cubrirse
De leve palidez, y ser más bella
En su dulce terror, y sonreírse
Al sostenerla en mis amantes brazos...!
¡Delirios de virtud!. .. ¡Ay! desterrado,
Sin patria, sin amores,
Sólo miro ante mí llanto y dolores.

¡Niágara poderoso!
Oye mi última voz: en pocos arios
Ya devorado habrá la tumba fría
A tu débil cantor. ¡Duren mis versos
Cual tu gloria inmortal! Pueda piadoso,
Al contemplar tu faz algún viajero,
Dar un suspiro a la memoria mía.
Y yo al hundirse el sol en Occidente,
Vuele gozoso do el Criador me llama,
Y al escuchar los ecos de mi fama
Alce en las nubes la radiosa frente.

José María Heredia (1803-1839)

82. La Violeta-Enrique Gil y Carrasco (1816-1845)

LA VIOLETA

Flor deliciosa en la memoria mía,
Ven mi triste laúd a coronar,
Y volverán las trovas de alegría
En sus ecos tal vez a resonar.

Mezcla tu aroma a sus cansadas cuerdas;
Yo sobre ti no inclinaré mi sien,
De miedo, pura flor, que entonces pierdas
Tu tesoro de olores y tu bien.

Yo, sin embargo, coroné mi frente
Con tu gala en las tardes del Abril,
Yo te buscaba a orillas de la fuente,
Yo te adoraba tímida y gentil.

Porque eras melancólica y perdida,
Y era perdido y lúgubre mi amor,
Y en ti miré el emblema de mi vida
Y mi destino, solitaria flor.

Tú allí crecías olorosa y pura
Con tus moradas hojas de pesar;
Pasaba entre la yerba tu frescura
De la fuente al confuso murmurar.

Y pasaba mi amor desconocido,
De un arpa oscura al apagado son,
Con frívolos cantares confundido
El himno de mi amante corazón.

Yo busqué la hermandad de la desdicha
En tu cáliz de aroma y soledad,
Y a tu ventura asemejé mi dicha,
Y a tu prisión mi antigua libertad.

¡Cuántas meditaciones han pasado
Por mi frente mirando tu arrebol!
¡Cuántas veces mis ojos te han dejado
Para volverse al moribundo sol!

¡Qué de consuelos a mi pena diste
Con tu calma y tu dulce lobreguez,
Cuando la mente imaginaba triste
El negro porvenir de la vejez!

Yo me decía: «Buscaré en las flores
Seres que escuchen mi infeliz cantar,
Que mitiguen con bálsamos de olores
Las ocultas heridas del pesar.»

Y me apartaba, al alumbrar la luna,
De ti, bañada en moribunda luz,
Adormecida en tu vistosa cuna,
Velada en tu aromático capuz.

Y una esperanza el corazón llevaba
Pensando en tu sereno amanecer,
Y otra vez en tu cáliz divisaba
Perdidas ilusiones de placer.


 
Héme hoy aquí: ¡cuán otros mis cantares!
¡Cuán otro mi pensar, mi porvenir!
Ya no hay flores que escuchen mis pesares,
Ni soledad donde poder gemir.

Lo secó todo el soplo de mi aliento,
Y naufragué con mi doliente amor;
Lejos ya de la paz y del contento,
Mírame aquí en el valle del dolor.

Era dulce mi pena y mi tristeza;
Tal vez moraba una ilusión detrás:
Mas la ilusión voló con su pureza;
Mis ojos ¡ay! no la verán jamás.

Hoy vuelvo a ti, cual pobre viajero
Vuelve al hogar que niño le acogió;
Pero mis glorias recobrar no espero,
Sólo a buscar la huesa vengo yo.

Vengo a buscar mi huesa solitaria
Para dormir tranquilo junto a ti,
Ya que escuchaste un día mi plegaria,
Y un ser humano en tu corola vi.

Ven mi tumba a adornar, triste viola,
Y embalsama mi oscura soledad;
Sé de su pobre césped la aureola
Con tu vaga y poética beldad.

Quizá al pasar la virgen de los valles,
Enamorada y rica en juventud,
Por las umbrosas y desiertas calles
Do yacerá escondido mi ataúd,

Irá a cortar la humilde violeta
Y la pondrá en su seno con dolor,
Y llorando dirá: «¡Pobre poeta!
¡Ya está callada el arpa del amor!»

Enrique Gil y Carrasco (1816-1845)

83. Sé más feliz que yo-Juan Arolas (1805–1849)

SE MÁS FELIZ QUE YO

Sobre pupila azul, con sueño leve,
Tu párpado cayendo amortecido,
Se parece a la pura y blanca nieve
Que sobre las violetas reposó:
Yo el sueño del placer nunca he dormido:
                    Sé más feliz que yo.
Se asemeja tu voz en la plegaria
Al canto del zorzal de indiano suelo
Que sobre la pagoda solitaria
Los himnos de la tarde suspiró:
Yo sólo esta oración dirijo al cielo:
                    Sé más feliz que yo.
Es tu aliento la esencia más fragante
De los lirios del Arno caudaloso
Que brotan sobre un junco vacilante
Cuando el céfiro blando los meció:
Yo no gozo su aroma delicioso:
                    Sé más feliz que yo.
El amor, que es espíritu de fuego,
Que de callada noche se aconseja
Y se nutre don lágrimas y ruego,
En tus purpúreos labios se escondió:
Él te guarde el placer y a mí la queja:
                    Sé más feliz que yo.
Bella es tu juventud en sus albores
Como un campo de rosas del Oriente;
Al ángel del recuerdo pedí flores
Para adornar tu sien, y me las dio;
Yo decía al ponerlas en tu frente:
                    Sé más feliz que yo.
Tu mirada Vivaz es de paloma;
Como la adormidera del desierto
Causas dulce embriaguez, hurí de aroma
Que el cielo de topacio abandonó:
Mi suerte es dura, mi destino incierto:
                    Sé más feliz que yo.

Juan Arolas (1805–1849)

86. Amor y Orgullo-Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873)

AMOR Y ORGULLO

Un tiempo hollaba por alfombras rosas;
Y nobles vates, de mentidas diosas
Prodigábanme nombres;
Mas yo, altanera, con orgullo vano,
Cual águila real al vil gusano
Contemplaba a los hombres.
Mi pensamiento —en temerario vuelo—
Ardiente osaba demandar al cielo
Objeto a mis amores:
Y si a la tierra con desdén volvía
Triste mirada, mi soberbia impía
Marchitaba sus flores.
Tal vez por un momento caprichosa
Entre ellas revolé, cual mariposa,
Sin fijarme en ninguna;
Pues de místico bien siempre anhelante,
Clamaba en vano, como tierno infante
Quiere abrazar la luna.
Hoy, despeñada de la excelsa cumbre,
Do osé mirar del sol la ardiente lumbre
Que fascinó mis ojos,
Cual hoja seca al raudo torbellino,
Cedo al poder del áspero destino. . .
¡Me entrego a sus antojos!
Cobarde corazón, que el nudo estrecho
Gimiendo sufres, dime: ¿qué se ha hecho
Tu presunción altiva?
¿Qué mágico poder, en tal bajeza
Trocando ya tu indómita fiereza,
De libertad te priva?
¡Mísero esclavo de tirano dueño;
Tu gloria fue cual mentiroso sueño,
Que con las sombras huye!
Di ¿qué se hicieron ilusiones tantas
De necia vanidad, débiles plantas
Que el aquilón destruye?
En hora infausta a mi feliz reposo,
¿No dijiste, soberbio y orgulloso:
—Quién domará mi brío?
¡Con mi solo poder haré, si quiero,
Mudar de rumbo al céfiro ligero
Y arder al mármol frío!—
¡Funesta ceguedad! ¡Delirio insano!
Te gritó la razón... Mas ¡cuán en vano
Te advirtió tu locura!
Tú misma te forjaste la cadena,
Que a servidumbre eterna te condena,
Y a duelo y amargura.
Los lazos caprichosos que otros días
—Por pasatiempo— a tu placer tejías,
Fueron de seda y oro;
Los que hora rinden tu valor primero
Son eslabones de pesado acero,
Templados con tu lloro.
¿Qué esperaste ¡ay de ti! de un pecho helado,
De inmenso orgullo y presunción hinchado,
De víboras nutrido?
Tú —que anhelabas tan sublime objeto—
¿Cómo al capricho de un mortal sujeto
Te arrastras abatido?
¿Con qué velo tu amor cubrió mis ojos,
Que por flores tomé duros abrojos
Y por oro la arcilla? . . .
¡Del torpe engaño mis rivales ríen,
Y mis amantes ¡ay! tal vez se engríen
Del yugo que me humilla!
¿Y tú lo sufres, corazón cobarde?
¿Y de tu servidumbre haciendo alarde,
Quieres ver' en mi frente
El sello del amor que te devora? . . .
¡Ah! velo, pues, y búrlese en buen hora
De mi baldón la gente.
¡Salga del pecho —requemando el labio—
El caro nombre, de mi orgullo agravio,
De mi dolor sustento!
¿Escrito no le ves en las estrellas
Y en la luna apacible, que con ellas
Alumbra el firmamento?
¿No le oyes, de las auras al murmullo?
¿No le pronuncia —en gemidor arrullo—
La tórtola amorosa?
¿No resuena en los árboles, que el viento
Halaga con pausado movimiento
En esa selva hojosa?
De aquella fuente entre las claras linfas,
¿No le articulan invisibles ninfas
Con eco lisonjero? . . .
¿Por qué callar el nombre que te inflama,
Si aún el silencio tiene voz, que aclama
Ese nombre que quiero?
Nombre que un alma lleva por despojo;
Nombre que excita con placer enojo,
Y con ira ternura;
Nombre más dulce que el primer cariño
De joven madre al inocente niño,
Copia de su hermosura:
Y más amargo que el adiós postrero
Que al suelo damos, donde el sol primero
Alumbró nuestra vida.
Nombre que halaga y halagando mata;
Nombre que hiere —como sierpe ingrata—
Al pecho que le anida.
¡No, no lo envíes, corazón, al labio! . . .
¡Guarda tu mengua con silencio sabio!
¡Guarda, guarda tu mengua!
¡Callad también vosotras, auras, fuente,
Trémulas hojas, tórtola doliente,
Como calla mi lengua!

Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873)

91. El Estío-José Selgas (1822-1882)

EL ESTÍO

Mayo recoge el virginal tesoro;
Desciñe Flora su gentil guirnalda;
La sombra busca el manantial sonoro
Del alto monte en la risueña falda;
Campos son ya de púrpura y de oro
Los que fueron de rosa y esmeralda;
Y apenas riza su corriente el río
A los primeros soplos del Estío.
El soto ameno y la enramada umbrosa,
El valle alegre y la feraz ribera,
Con voz desalentada y cariñosa
Despiden a la dulce Primavera;
Muere en su tallo la inocente rosa;
Desfallece la altiva enredadera;
Y en desigual y tenue movimiento
Gime en el bosque fatigado el viento.
Por la alta cumbre del collado asoma
La blanca aurora su rosada frente,
Reparte perlas y recoge aroma;
Se abre la flor que su mirada siente;
Repite los arrullos la paloma
Bajo las ramas del laurel naciente;
Y allá por los tendidos olivares
Se escuchan melancólicos cantares.
Del aura dócil al impulso blando
La rubia mies en la llanura ondea;
Del dulce nido alrededor volando
La alondra gira y de placer gorjea;
Las ondas de la fuente suspirando
Quiebran el rayo de la luz febea,
Y en delicados mágicos colores
El fruto asoma al expirar las flores.
Sobre los montes que cercando toca
La niebla tiende su bordado encaje;
Desde el peñón de la desierta roca
Lanzase audaz el águila salvaje;
El seco vientecillo que sofoca
Cubre de polvo el pálido follaje;
Y por el monte y por la vega umbría
Crece el calor y se derrama el día.
Y en el árido ambiente se dilata
La esencia de la flor de los tomillos,
Y lento el río su raudal desata
Entre mimbres y juncos amarillos;
Y si al cubrir sus círculos de plata
Con sus plumeros blandos y sencillos
La caria dócil la corriente roza,
Trémula el agua de placer solloza.
Del valle en tanto en la pendiente orilla
Manso cordero del calor sosiega;
Se oyen los cantos de la alegre trilla;
Suenan los ecos de la tarda siega;
Ardiente el sol en el espacio brilla:
El cielo azul su majestad despliega,
Y duermen a la sombra los pastores,
Y se abrasan de sed los segadores.
Presta sombra a la rústica majada
La noble encina que a la edad resiste;
En su copa de fruto coronada
La vid de verde majestad se viste;
A su pie la doncella enamorada
Canta de amor, pero su canto es triste,
Que, en el profundo afán que la devora,
Amores canta porque celos llora.
Y el eco de su voz, dulce al oído
Más que el tierno arrullar de la paloma,
Por el monte y el valle repetido,
Tristes, confusas vibraciones toma;
Y en las ondas del aire suspendido
Se escapa al fin por la quebrada loma,
Y sin que el aura devolverlo pueda
Todo en reposo y en silencio queda.
Mudas están las fuentes y las aves;
No circula ni un átomo de viento;
Cortadas por el sol lentas y graves
Caen las hojas del árbol macilento;
Tenue vapor en ráfagas süaves
Se levanta con fácil movimiento,
Y mezclando en la luz su sombra extraña,
Va formando la nube en la montaña.
Hinchada, al fin, soberbia, se desprende
Del horizonte azul la nube densa,
Y el fuego del relámpago la enciende,
Y gira por la atmósfera suspensa.
Y ya sus flancos inflamados tiende,
Ya el vapor de su seno se condensa,
Y soltando el granizo en lluvia escasa
La rompe el trueno, y se divide y pasa.
Y el sol que se reclina en Occidente
De su encendido manto se despoja,
Y en los blancos celajes del Oriente
Se pierde el rayo de su lumbre roja.
Brilla la gota de agua trasparente
Detenida en el polvo de la hoja,
Y tendiendo el crepúsculo su planta
Del fondo de los valles se levanta.
Como el ensueño dulce y regalado
Que en la fiebre de amor templa el desvelo,
Vertiendo en nuestro espíritu agitado
La misteriosa esencia del consuelo;
Así por el ambiente reposado
De estrellas y vapor bordando el cielo,
Breves y llenas de feraz rocío
Cruzan las noches del ardiente Estío.
Y en tristes ecos el silencio crece,
Y en tibio resplandor la sombra vaga;
La luz de las estrellas se estremece
Y en el limpio raudal brilla y se apaga;
Naturaleza entera se adormece
En el hondo placer que la embríaga,
Y lleva el aura en vacilantes giros
Besos, sombras, perfumes y suspiros.
Más puro que le tímida esperanza
Que sueña el alma en el amor primero,
Su rayo débil desde Oriente lanza,
Sol de la noche, virginal lucero;
Triste y sereno por el cielo avanza
De la cándida luna mensajero,
Por ella viene, y suspirando ella,
Síguele en pos enamorada y bella.
Cuantos guardáis la tímida inocencia
Que a la esperanza y al amor convida;
Los que en el alma la impalpable esencia
De su primer amor lloráis perdida;
Cuantos con dolorosa indiferencia
Vais apurando el cáliz de la vida;
Todos llegad, y bajo el bosque umbrío
Sentid las noches del ardiente Estío.
Las del tirano amor, desengañadas,
Pálidas y dulcísimas doncellas,
Vosotras que lloráis desconsoladas
Sólo el delito de nacer tan bellas;
Mirad entre las nubes sosegadas
Cómo cruzan el cielo las estrellas;
Que no hay duda, ni afán, ni desconsuelo
Que no se calme contemplando el cielo.
Y tú, tierna a mi voz, blanca hermosura,
Fuente de virginal melancolía,
Más hermosa a mis ojos y más pura
Que el rayo azul con que despunta el día;
Corazón abrasado de ternura,
Espíritu de amor y de armonía,
Ven y derrama en el tranquilo viento
El ámbar delicado de tu aliento.
La dulce vaguedad que me enajena
Aumenta la inquietud de mi deseo;
Tu voz perdida en el ambiente suena;
Donde mis ojos van tu sombra veo;
De amor y afán mi corazón se llena,
Porque en tu amor y en mi esperanza creo;
Y así suspende el sentimiento mío
La tibia noche del ardiente Estío.
Noche serena y misteriosa, en donde
Dormido vaga el pensamiento humano,
Todo a los ecos de tu voz responde,
La mar, el monte, la espesura, el llano;
Acaso Dios entre tu sombra esconde
La impenetrable luz de algún arcano;
Tal vez cubierta de tu inmenso velo
Se confunde la tierra con el cielo.

José Selgas (1822-1882)