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62. Fiesta de Toros en Madrid-Nicolás Fernández de Moratín (1737–1780)

FIESTA DE TOROS EN MADRID

Madrid, castillo famoso
Que al rey moro alivia el miedo,
Arde en fiestas de su coso
Por ser el natal dichoso
De Alimenón de Toledo.

Su bravo alcaide Aliatar,
De la hermosa Zaida amante,
Las ordena celebrar
Por si le puede ablandar
El corazón de diamante.

Pasó, vencida a sus ruegos,
Desde Aravaca a Madrid;
Hubo pandorgas y fuegos,
Con otros nocturnos juegos
Que dispuso el adalid.

Y en adargas y colores,
En las cifras y libreas,
Mostraron los amadores,
Y en pendones y preseas,
La dicha de sus amores.

Vinieron las moras bellas
De toda la cercanía,
Y de lejos muchas de ellas:
Las más apuestas doncellas
Que España entonces tenía.

Aja de Jetafe vino,
Y Zahara la de Alcorcón,
En cuyo obsequio muy fino
Corrió de un vuelo el camino
El moraicel de Alcabón.

Jarifa de Almonacid,
Que de la Alcarria en que habita
Llevó a asombrar a Madrid
Su amante Audalla, adalid
Del castillo de Zorita.

De Adamud y la famosa
Meco llegaron allí
Dos, cada cual más hermosa,
Y Fátima la preciosa,
Hija de Alí el alcadí.

El ancho circo se llena
De multitud clamorosa,
Que atiende a ver en la arena
La sangrienta lid dudosa,
Y todo en torno resuena.

La bella Zaida ocupó
Sus dorados miradores
Que el arte afiligranó,
Y con espejos y flores
Y damascos adornó.

Añafiles y atabales,
Con militar armonía,
Hicieron salva, y seriales
De mostrar su valentía
Los moros más principales.

No en las vegas de Jarama
Pacieron la verde grama
Nunca animales tan fieros,
Junto al puente que se llama,
Por sus peces, de Viveros,

Como los que el vulgo vio
Ser lidiados aquel día;
Y en la fiesta que gozó,
La popular alegría
Muchas heridas costó.

Salió un toro del toril
Y a Tarfe tiró por tierra,
Y luego a Benalguacil;
Después con Hamete cierra
El temerón de Conil.

Traía un ancho listón
Con uno y otro matiz
Hecho un lazo por airón,
Sobre la inhiesta cerviz
Clavado con un arpón.

Todo galán pretendía
Ofrecerle vencedor
A la dama que servía:
Por eso perdió Almanzor
El potro que más quería.

El alcaide muy zambrero
De Guadalajara, huyó
Mal herido al golpe fiero,
Y desde un caballo overo
El moro de Horche cayó.

Todos miran a Aliatar,
Que, aunque tres toros ha muerto,
No se quiere aventurar,
Porque en lance tan incierto
El caudillo no ha de entrar.

Mas viendo se culparía,
Va a ponérsele delante:
La fiera le acometía,
Y sin que el rejón le plante
Le mató una yegua pía.

Otra monta acelerado:
Le embiste el toro de un vuelo
Cogiéndole entablerado;
Rodó el bonete encarnado
Con las plumas por el suelo.

Dio vuelta hiriendo y matando
A los de pie que encontrara,
El circo desocupando,
Y emplazándose, se para,
Con la vista amenazando.

Nadie se atreve a salir:
La plebe grita indignada,
Las damas se quieren ir,
Porque la fiesta empezada
No puede ya proseguir.

Ninguno al riesgo se entrega
Y está en medio el toro fijo,
Cuando un portero que llega
De la puerta de la Vega,
Hincó la rodilla, y dijo:

«Sobre un caballo alazano,
Cubierto de galas y oro,
Demanda licencia urbano
Para alancear a un toro
Un caballero cristiano.»

Mucho le pesa a Aliatar:
Pero Zaida dio respuesta
Diciendo que puede entrar,
Porque en tan solemne fiesta
Nada se puede negar.

Suspenso el concurso entero
Entre dudas se embaraza,
Cuando en un potro ligero
Vieron entrar en la plaza
Un bizarro caballero.

Sonrosado, albo color,
Belfo labio, juveniles
Alientos, inquieto ardor,
En el florido verdor
De sus lozanos abriles.

Cuelga la rubia guedeja
Por donde el almete sube,
Cual mirarse tal vez deja
Del sol la ardiente madeja
Entre cenicienta nube.

Gorguera de aliaos follajes,
De una cristiana primores;
En el yelmo los plumajes
Por los visos y celajes
Vergel de diversas flores.

En la cuja gruesa lanza,
Con recamado pendón,
Y una cifra a ver se alcanza,
Que es de desesperación,
O a lo menos de venganza.

En el arzón de la silla
Ancho escudo reverbera
Con blasones de Castilla,
Y el mote dice a la orilla:
Nunca mi espada venciera.

Era el caballo galán,
El bruto más generoso,
De más gallardo ademán:
Cabos negros, y brioso,
Muy tostado, y alazán.

Larga cola recogida
En las piernas descarnadas,
Cabeza pequeña, erguida,
Las narices dilatadas,
Vista feroz y encendida.

Nunca en el ancho rodeo
Que da Betis con tal fruto
Pudo fingir el deseo
Más bella estampa de bruto,
Ni más hermoso paseo.

Dio la vuelta al rededor;
Los ojos que le veían
Lleva prendados de amor:
«¡Alah te salve!» decían,
«¡Déte el Profeta favor!»

Causaba lástima y grima
Su tierna edad floreciente:
Todos quieren que se exima
Del riesgo, y él solamente
Ni recela ni se estima.

Las doncellas, al pasar,
Hacen de ámbar y alcanfor
Pebeteros exhalar,
Vertiendo pomos de olor,
De jazmines y azahar.

Mas cuando en medio se para,
Y de más cerca le mira
La cristiana esclava Aldara,
Con su señora se encara,
Y así le dice, y suspira:

«Señora, sueños no son;
Así los cielos, vencidos
De mi ruego y aflicción,
Acerquen a mis oídos
Las campanas de León,

»Como ese doncel, que ufano
Tanto asombro viene a dar
A todo el pueblo africano,
Es Rodrigo de Vivar,
El soberbio castellano».

Sin descubrirle quién es,
La Zaida desde una almena
Le habló una noche cortés,
Por donde se abrió después
El cubo de la Almudena.

Y supo que, fugitivo
De la corte de Fernando,
El cristiano, apenas vivo,
Está' a Jimena adorando
Y en su memoria cautivo.

Tal vez a Madrid se acerca
Con frecuentes correrías
Y todo en torno la cerca;
Observa sus saetías,
Arroyadas y ancha alberca.

Por eso le ha conocido:
Que en medio de aclamaciones,
El caballo ha detenido
Delante de sus balcones,
Y la saluda rendido.

La mora se puso en pie
Y sus doncellas detrás:
El alcaide que lo ve,
Enfurecido además,
Muestra cuán celoso esté.

Suena un rumor placentero
Entre el vulgo de Madrid:
«No habrá mejor caballero»,
Dicen, «en el mundo entero»,
Y algunos le llaman Cid.

Crece la algazara, y él,
Torciendo las riendas de oro,
Marcha al combate crüel:
Alza el galope, y al toro
Busca en sonoro tropel.

El bruto se le ha encarado
Desde que le vio llegar,
De tanta gala asombrado,
Y al rededor le ha observado
Sin moverse de un lugar.

Cual flecha se disparó
Despedida de la cuerda,
De tal suerte le embistió;
Detrás de la oreja izquierda
La aguda lanza le hirió.

Brama la fiera burlada;
Segunda vez acomete,
De espuma y sudor bañada,
Y segunda vez le mete
Sutil la punta acerada.

Pero ya Rodrigo espera
Con heroico atrevimiento,
El pueblo mudo y atento:
Se engalla el toro y altera,
Y finge acometimiento.

La arena escarba ofendido,
Sobre la espalda la arroja
Con el hueso retorcido;
El suelo huele y lo moja
En ardiente resoplido.

La cola inquieto menea,
La diestra oreja mosquea,
Vase retirando atrás,
Para que la fuerza sea
Mayor, y el ímpetu más.

El que en esta ocasión viera
De Zaida el rostro alterado,
Claramente conociera
Cuánto le cuesta cuidado
El que tanto riesgo espera.

Mas ¡ay, que le embiste horrendo
El animal espantoso!
Jamás peñasco tremendo
Del Cáucaso cavernoso
Se desgaja estrago haciendo,

Ni llama así fulminante
Cruza en negra oscuridad
Con relámpagos delante,
Al estrépito tronante
De sonora tempestad,

Como el bruto se abalanza
Con terrible ligereza;
Mas rota con gran pujanza
La alta nuca, la fiereza
Y el último aliento lanza.

La confusa vocería
Que en tal instante se oyó
Fue tanta, que parecía
Que honda mina reventó,
O el monte y valle se hundía.

A caballo como estaba
Rodrigo, el lazo alcanzó
Con que el toro se adornaba:
En su lanza lo clavó
Y a los balcones llegaba.

Y alzándose en los estribos,
Lo alarga a Zaida, diciendo:
«Sultana, aunque bien entiendo
Ser favores excesivos,
Mi corto don admitiendo;

»Si no os dignáredes ser
Con él benigna, advertid
Que a mí me basta saber
Que no lo debo ofrecer
A otra persona en Madrid.»

Ella, el rostro placentero,
Dijo, y turbada: «Señor,
Yo lo admito y lo venero,
Por conservar el favor
De tan gentil caballero.»

Y besando el rico don,
Para agradar al doncel,
Lo prende con afición
Al lado del corazón
Por brinquiño y por joyel.

Pero Aliatar el caudillo
De envidia ardiendo se ve,
Y, trémulo y amarillo.
Sobre un tremecén rosillo
Lozaneándose se fue.

Y en ronca voz: «Castellano»,
Le dice, "con más decoros
Suelo yo dar de mi mano,
Si no penachos de toros,
Las cabezas del cristiano.

»Y si vinieras en guerra
Cual vienes de fiesta y gala,
Vieras que en toda la tierra,
Al valor que dentro encierra
Madrid, ninguno se iguala.»

«Así», dijo el de Vivar,
«Respondo»; y la lanza al ristre
Pone, y espera a Aliatar;
Mas sin que nadie administre
Orden, tocaron a armar.

Ya fiero bando con gritos
Su muerte o prisión pedía,
Cuando se oyó en los distritos
Del monte de Leganitos
Del Cid la trompetería.

Entre la Moncloa y Soto
Tercio escogido emboscó,
Que, viendo como tardó,
Se acerca, oyó el alboroto,
Y al muro se abalanzó.

Y si no vieran salir
Por la puerta a su señor,
Y Zaida a le despedir,
Iban la fuerza a embestir:
Tal era ya su furor.

El alcaide, recelando
Que en Madrid tenga partido,
Se templó disimulando.
Y por el parque florido
Salió con él razonando.

Y es fama que, a la bajada,
Juró por la cruz el Cid
De su vencedora espada
De no quitar la celada
Hasta que gane a Madrid.

Nicolás Fernández de Moratín (1737–1780)

63. Epístola de Fabio a Nafriso-Gaspar Melchor de Jovellanos (1744–1811)

EPÍSTOLA DE FABIO A NAFRISO

Credibile est illi numen inesse loco —Ovidius

Desde el oculto y venerable asilo
Do la virtud austera y penitente
Vive ignorada y, del liviano mundo
Huida, en santa soledad se esconde,
El triste Fabio al venturoso Anfriso
Salud en versos flébiles envía.
Salud le envía a Anfriso, al que inspirado
De las mantuanas musas, tal vez suele
Al grave son de su celeste canto
Precipitar del viejo Manzanares
El curso perezoso: tal süave
Suele ablandar con amorosa lira
La altiva condición de sus zagalas.

¡Plugiera a Dios, oh Anfriso, que el cuitado
A quien no dio la suerte tal ventura
Pudiese huir del mundo y sus peligros!
¡Plugiera a Dios, pues ya con su barquilla
Logró arribar a puerto tan seguro,
Que esconderla supiera en este abrigo,
A tanta luz y ejemplos enseriado!
Huyera así la furia tempestuosa
De los contrarios vientos, los escollos,
Y las fieras borrascas tantas veces
Entre sustos y lágrimas corridas.
Así también del mundanal tumulto
Lejos, y en estos montes guarecido,
Alguna vez gozara del reposo,
Que hoy desterrado de su pecho vive.

Mas ¡ay de aquel que hasta en el santo asilo
De la virtud arrastra la cadena,
La pesada cadena con que el mundo
Oprime a sus esclavos! ¡Ay del triste
En cuyo oído suena con espanto,
Por esta oculta soledad rompiendo,
De su señor el imperioso grito!

Busco en estas moradas silenciosas
El reposo y la paz que aquí se esconden,
Y sólo encuentro la inquietud funesta
Que mis sentidos y razón conturba.

Busco paz y reposo, pero en vano
Los busco ¡oh caro Anfriso! que estos dones,
Herencia santa que al partir del mundo
Dejó Bruno en sus hijos vinculada,
Nunca en profano corazón entraron
Ni a los parciales del placer se dieron.

Conozco bien que, fuera de este asilo,
Sólo me guarda el mundo sinrazones,
Vanos deseos, duros desengaños,
Susto y dolor; empero todavía
A entrar en él no puedo resolverme.
No puedo resolverme, y despechado
Sigo el impulso del fatal destino
Que a muy más dura esclavitud me guía.
Sigo su fiero impulso, y llevo siempre
Por todas partes los pesados grillos
Que de la ansiada libertad me privan.

De afán y angustia el pecho traspasado,
Pido a, la muda soledad consuelo
Y con dolientes quejas la importuno.
Salgo al ameno valle, subo al monte,
Sigo del claro río las corrientes,
Busco la fresca y deleitosa sombra,
Corro por todas partes, y no encuentro
En parte alguna la quietud perdida.

¡Ay, Anfriso, qué escenas a mis ojos,
Cansados de llorar, presenta el cielo!
Rodeado de frondosos y altos montes
Se extiende un valle, que de mil delicias
Con sabia mano ornó naturaleza.
Pártele en dos mitades, despeñado
De las vecinas rocas, el Lozoya,
Por su pesca famoso y dulces aguas.
Del claro río sobre el verde margen
Crecen frondosos álamos, que al cielo
Ya erguidos alzan las plateadas copas,
O ya, sobre las aguas encorvados,
En mil figuras miran con asombro
Su forma en los cristales retratada.
De la siniestra orilla un bosque umbrío
Hasta la falda del vecino monte
Se extiende: tan ameno y delicioso
Que le hubiera juzgado el gentilismo
Morada de algún dios, o a los misterios
De las silvanas Dríades guardado.

Aquí encamino mis inciertos pasos,
Mansión la más conforme para un triste,
Entro a pensar en mi crüel destino.
La grata soledad, la dulce sombra,
El aire blando y el silencio mudo,
Mi desventura y mi dolor adulan.
No alcanza aquí del padre de las luces
El rayo acechador, ni su reflejo
Viene a cubrir de confusión el rostro
De un infeliz en su dolor sumido.
El canto de las aves no interrumpe
Aquí tampoco la quietud de un triste,
Pues sólo de la viuda tortolilla
Se oye tal vez el lastimero arrullo,
Tal vez el melancólico trinado
De la angustiada y dulce Filomena.
Con blando impulso el céfiro süave,
Las copas de los árboles moviendo,
Recrea el alma con el manso ruido,
Mientras al dulce soplo desprendidas
Las agostadas hojas, revolando,
Bajan en lentos círculos al suelo,
Cúbrenle en torno, y la frondosa pompa
Que al árbol adornara en primavera,
Yace marchita y muestra los rigores
Del abrasado estío y seco otoño.

¡Así también de juventud lozana
Pasan, oh Anfriso, las livianas dichas!
Un soplo de inconstancia, de fastidio,
O de capricho femenil las tala
Y lleva por el aire, cual las hojas
De los frondosos árboles caídas.
Ciegos empero, y tras su vana sombra
De contino exhalados, en pos de ellas
Corremos hasta hallar el precipicio
Do nuestro error y su ilusión nos guían.
Volamos en pos de ellas como suele
Volar a la dulzura del reclamo
Incauto el pajarillo: entre las hojas
El preparado visco le detiene:
Lucha cautivo por huir, y en vano,
Porque un traidor, que en asechanza atisba,
Con mano infiel la libertad le roba
Y muerte le condena a cárcel dura.

¡Ah, dichoso el mortal de cuyos ojos
Un pronto desengaño corrió el velo
De la ciega ilusión! ¡Una y mil veces
Dichoso el solitario penitente
Que, triunfando del mundo y de sí mismo,
Vive en la soledad libre y contento!
Unido a Dios por medio de la santa
Contemplación, le goza ya en la tierra,
Y retirado en su tranquilo albergue
Observa reflexivo los milagros
De la naturaleza, sin que nunca
Turben el susto ni el dolor su pecho.

Regálanle las aves con su canto,
Mientras la aurora sale refulgente
A cubrir de alegría y luz el mundo.
Nácele siempre el sol claro y brillante,
Y nunca a él levanta conturbados
Sus ojos, ora en el oriente raye,
Ora, del cielo a la mitad subiendo,
En pompa guíe el reluciente carro;
Ora con tibia luz, más perezoso,
Su faz esconda en los vecinos montes.
Cuando en las claras noches cuidadoso
Vuelve desde los santos ejercicios,
La plateada luna en lo más alto
Del cielo mueve la luciente rueda
Con augusto silencio, y recreando
Con blando resplandor su humilde vista,
Eleva su razón, y la dispone
A contemplar la alteza y la inefable
Gloria del Padre y Creador del mundo.
Libre de los cuidados enojosos
Que en los palacios y dorados techos
Nos turban de confino, y entregado
A la inefable y justa Providencia,
Si al breve sueño alguna pausa pide
De sus santas tareas, obediente
Viene a cerrar sus párpados el sueño
Con mano amiga, y de su lado .ahuyenta
El susto y las fantasmas de la noche.

¡Oh suerte venturosa, a los amigos
De la virtud guardada! ¡Oh dicha, nunca
De los tristes mundanos conocida!
¡Oh monte impenetrable! ¡Oh bosque umbrío!
¡Oh valle deleitoso! ¡Oh solitaria,
Taciturna mansión! ¡Oh, quién, del alto
Y proceloso mar del mundo huyendo
A vuestra santa calma, aquí seguro
Vivir pudiera siempre, y escondido!

Tales cosas revuelvo en mi memoria
En esta triste soledad sumido.
Llega en tanto la noche, y con su manto
Cobija el ancho mundo. Vuelvo entonces
A los medrosos claustros. De una escasa
Luz el distante y pálido reflejo
Guía por ellos mis inciertos pasos;
Y en medio del horror y del silencio,
¡Oh fuerza del ejemplo portentosa!
Mi corazón palpita, en mi cabeza
Se erizan los cabellos, se estremecen
Mis carnes, y discurre por mis nervios
Un súbito rigor que los embarga.
Parece que oigo que del centro oscuro
Sale una voz tremenda que, rompiendo
El eterno silencio, así me dice:
«Huye de aquí, profano; tú, que llevas
De ideas mundanales lleno el pecho,
Huye de esta morada, do se albergan
Con la virtud humilde y silenciosa
Sus escogidos: huye, y no profanes
Con tu planta sacrílega este asilo.»
Con paso vacilante voy cruzando
De aviso tal al golpe confundido,
Los pavorosos tránsitos, y llego
Por fin a mi morada, donde ni hallo
El ansiado reposo, ni recobran
La suspirada calma mis sentidos.
Lleno de congojosos pensamientos
Paso la triste y perezosa noche
En molesta vigilia, sin que llegue
A mis ojos el sueño, ni interrumpan
Sus regalados bálsamos mi pena.
Vuelve por fin con la rosada aurora
La luz aborrecida, y en pos de ella
El claro día a publicar mi llanto
Y dar nueva materia al dolor mío.

Gaspar Melchor de Jovellanos (1744–1811)

64. Rosana en los Fuegos-Juan Meléndez Valdés ((1754–1817)

ROSANA EN LOS FUEGOS

Del sol llevaba la lumbre
Y la alegría del alba,
En sus celestiales ojos
La hermosísima Rosana,
Una noche que a los fuegos
Salió la fiesta de Pascua,
Para abrasar todo el valle
En mil amorosas ansias.
Por doquiera que camina
Lleva tras sí la mañana,
Y donde se vuelve rinde
La libertad de mil almas.
El céfiro la acaricia
Y mansamente la halaga,
Los Amores la rodean
Y las Gracias la acompañan.
Y ella, así como en el valle
Descuella la altiva palma
Cuando sus verdes pimpollos
Hasta las nubes levanta;
O cual vid de fruto llena
Que con el olmo se abraza,
Y sus vástagos extiende
Al arbitrio de las ramas;
Así entre sus compañeras
El nevado cuello alza,
Sobresaliendo entre todas
Cual fresca rosa entre zarzas;
O como cándida perla
Que artífice diestro engasta
Entre encendidos corales,
Porque más luzcan sus aguas.
Todos los ojos se lleva
Tras sí, todo lo avasalla;
De amor mata a los pastores
Y de envidia a las zagalas.
Ni las músicas se atienden,
Ni se gozan las lumbradas;
Que todos corren por verla
Y al verla todos se abrasan.
¡Qué de suspiros se escuchan!
¡Qué de vivas y de salvas!
No hay zagal que no la admire
Y no se esmere en loarla.
Cuál absorto la contempla
Y a la aurora la compara
Cuando más alegre sale
Y el cielo de su albor baña;
Cuál al fresco y verde aliso
Que crece al margen del agua,
Cuando más pomposo en hojas
En su cristal se retrata;
Cuál a la luna, si muestra
Llena su esfera de plata,
Y asoma por los collados
De luceros coronada.
Otros pasmados la miran
Y mudamente la alaban,
Y cuanto más la contemplan
Muy más hermosa la hallan.
Que es como el cielo su rostro
Cuando en la noche callada
Brilla con todas sus luces
Y los ojos embaraza.
¡Ay, qué de envidias se encienden!
¡Ay, qué de celos que causa
En las serranas del Tormes
Su perfección sobrehumana!
Las más hermosas la temen,
Mas sin osar murmurarla;
Que como el oro más puro
No sufre una leve mancha.

—Bien haya tu gentileza,
Una y mil veces bien haya,
Y abrase la envidia al pueblo,
Hermosísima aldeana.
Toda, toda eres perfecta,
Toda eres donaire y gracia,
El amor vive en tus ojos
Y la gloria está en tu cara;
En esa cara hechicera,
Do toda su luz cifrada
Puso Venus misma, y ciego
En pos de sí me arrebata.
La libertad me has robado,
Yo la doy por bien robada,
Mas recibe el don benigna
Que mi humildad te consagra.
No el don por pobres desdenes,
Que aun las deidades más altas
A zagales, cual yo, humildes,
Un tiempo acogieron gratas;
Y mezclando sus ternezas
Con sus rústicas palabras,
No, aunque diosas, esquivaron
Sus amorosas demandas.
Su feliz ejemplo sigue,
Pues que en verdad las igualas;
Cual yo a todos los excedo
En 1o fino de mi llama—.
Esto un zagal le decía
Con razones mal formadas,
Que salió libre a los fuegos
Y volvió cautivo a casa.
Y desde entonces perdido
El día a sus puertas le halla;
Ayer le cantó esta letra
Echándole la alborada:

Linda zagaleja
De cuerpo gentil,
Muérome de amores
Desde que te vi.

Tu talle, tu aseo,
Tu gala y donaire,
No tienen, serrana,
Igual en el valle.

Del cielo son ellos
Y tú un serafín:
Muérome de amores
Desde que te vi.

De amores me muero,
Sin que nada alcance
A darme la vida
Que allá te llevaste,

Si no te condueles
Benigna de mí;
Que muero de amores
Desde que te vi.

Juan Meléndez Valdés ((1754–1817)

65. Elegía a las Musas-Leandro Fernández de Moratín (1760–1828)

ELEGÍA A LAS MUSAS

Esta corona, adorno de mi frente,
Esta sonante lira y flautas de oro
Y máscaras alegres, que algún día
Me disteis, sacras Musas, de mis manos
Trémulas recibid, y el canto acabe,
Que fuera osado intento repetirlo.
He visto ya cómo la edad ligera,
Apresurando a no volver las horas,
Robó con ellas su vigor al numen.
Sé que negáis vuestro favor divino
A la cansada senectud, y en vano
Fuera implorarlo; pero en tanto, bellas
Ninfas, del verde Pindo habitadoras,
No me neguéis que os agradezca humilde
Los bienes que os debí. Si pude un día,
No indigno sucesor de nombre ilustre,
Dilatarlo famoso, a vos fue dado
Llevar al fin mi atrevimiento. Sólo
Pudo bastar vuestro amoroso anhelo
A prestarme constancia en los afanes
Que turbaron mi paz, cuando insolente
Vano saber, enconos y venganzas,
Codicia y ambición, la patria mía
Abandonaron a civil discordia.

Yo vi del polvo levantarse audaces,
A dominar y perecer, tiranos:
Atropellarse efímeras las leyes,
Y llamarse virtudes los delitos.
Vi las fraternas armas nuestros muros
Bañar en sangre nuestra, combatirse,
Vencido y vencedor hijos de España,
Y el trono desplomándose al vendido
Ímpetu popular. De las arenas
Que el mar sacude en la fenicia Gades,
A las que el Tajo lusitano envuelve
En oro y conchas, uno y otro imperio, I
ras, desorden esparciendo y luto,
Comunicarse el funeral estrago.
Así cuando en Sicilia el Etna ronco
Revienta incendios, su bifronte cima
Cubre el Vesubio en humo denso y llamas,
Turba el Averno sus calladas ondas;
Y allá del Tibre en la ribera etrusca
Se estremece la cúpula soberbia
Que al Vicario de Cristo da sepulcro.

¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
¿Quién dar al verso acordes armonías,
Oyendo resonar grito de muerte?
Tronó la tempestad: bramó iracundo
El huracán, y arrebató a los campos
Sus frutos, su matiz: la rica pompa
Destrozó de los árboles sombríos:
Todas huyeron tímidas las aves
Del blando nido, en el espanto mudas;
No más trinos de amor. Así agitaron
Los tardos arios mi existencia, y pudo
Sólo en región extraña el oprimido
Ánimo hallar dulce descanso y vida.

Breve será; que ya la tumba aguarda
Y sus mármoles abre a recibirme;
Ya los voy a ocupar... Si no es eterno
El rigor de los hados, y reservan
A mi patria infeliz mayor ventura,
Dénsela presto, y mi postrer suspiro
Será por ella... Prevenid en tanto
Flébiles tonos, enlazad coronas
De ciprés funeral, Musas celestes;
Y donde a las del mar sus aguas mezcla
El Garona opulento, en silencioso
Bosque de lauros y menudos mirtos,
Ocultad entre flores mis cenizas.

Leandro Fernández de Moratín (1760–1828)