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52. Letrilla-Luis de Góngora (1561-1627)

LETRILLA

La más bella niña
De nuestro lugar,
Hoy viuda y sola
Y ayer por casar,
Viendo que sus ojos
A la guerra van,
A su madre dice
Que escucha su mal:
Dejadme llorar
Orillas del mar.

Pues me disteis, madre,
En tan tierna edad
Tan corto el placer,
Tan largo el penar,
Y me cautivasteis
De quien hoy se va
Y lleva las llaves
De mi libertad,
Dejadme llorar
Orillas del mar.

En llorar conviertan
Mis ojos de hoy más
El sabroso oficio
Del dulce mirar,
Pues que no se pueden
Mejor ocupar
Yéndose a la guerra
Quien era mi paz.
Dejadme llorar
Orillas del mar.

No me pongáis freno
Ni queráis culpar;
Que lo uno es justo,
Lo otro por demás.
Si me queréis bien
No me hagáis mal;
Harto peor fuera
Morir y callar.
Dejadme llorar
Orillas del mar.

Dulce madre mía,
¿Quién no llorará,
Aunque tenga el pecho
Como un pedernal,
Y no dará voces
Viendo marchitar
Los más verdes años
De mi mocedad?
Dejadme llorar
Orillas del mar.

Váyanse las noches,
Pues ido se han
Los ojos que hacían
Los míos velar;
Váyanse, y no vean
Tanta soledad
Después que en mi lecho
Sobra la mitad.
Dejadme llorar
Orillas del mar.

Luis de Góngora (1561-1627)

90. Lo que hace el tiempo-Ramón de Campoamor (1817-1901)

LO QUE HACE EL TIEMPO

A Blanca Rosa de Osma
 
Con mis coplas, Blanca Rosa,
Tal vez te cause cuidados
            Por cantar
Con la voz ya temblorosa,
Y los ojos ya cansados
            De llorar.
Hoy para ti sólo hay glorias,
Y danzas y flores bellas;
            Mas después,
Se alzarán tristes memorias,
Hasta de las mismas huellas
            De tus pies.
En tus fiestas seductoras
¿No oyes del alma en lo interno
            Un rumor,
Que lúgubre a todas horas,
Nos dice que no es eterno
            Nuestro amor?
¡Cuánto a creer se resiste
Una verdad tan odiosa
            Tu bondad!
¡Y esto fuera menos triste
Si no fuera, Blanca Rosa,
            Tan verdad!
Te aseguro, como amigo,
Que es muy raro, y no te extrañe,
            Amar bien.
Siento decir lo que digo;
Pero ¿quieres que te engañe
            Yo también?
Pasa un viento arrebatado,
Viene amor, y a dos en uno
            Funde Dios;
Sopla el desamor helado,
Y vuelve a hacer, importuno,
            De uno, dos.
Que amor, de egoísmo lleno,
A su gusto se acomoda
            Bien y mal;
En él hasta herir es bueno,
Se ama o no se ama, ésta es toda
            Su moral.
¡Oh! ¡qué bien cumple el amante,
Cuando aun tiene la inocencia,
            Su deber!
Y ¡cómo, más adelante,
Aviene con su conciencia
            Su placer!
¿Y es culpable el que, sediento,
Buscando va en nuevos lazos
            Otro amor?
¡Sí! culpable como el viento
Que, al pasar, hace pedazos
            Una flor.
¿Verdad que es abominable
Que el corazón vagabundo
            Mude así,
Sin ser por ello culpable,
Porque esto pasa en el mundo
            Porque sí?
Se ama una vez sin medida,
Y aun se vuelve a amar sin tino
            Más de dos.
¡Cuán versátil es la vida!
¡Cuán vano es nuestro destino,
            Santo Dios!
É1 lleve tu labio ayuno
A algún manantial querido
            De placer,
Donde dichosa, ninguno
Te enserie nunca el olvido
            Del deber.
Siempre el destino constante
Nos da cual vil usurero
            Su favor:
Da amor primero y no amante;
Después mucho amante, pero
            Poco amor.
Tranquila a veces reposa,
Y otras se marcha volando
            Nuestra fe.
Y esto pasa, Blanca Rosa,
Sin saber cómo, ni cuándo,
            Ni por qué.
Nunca es estable el deseo,
Ni he visto jamás terneza
            Siempre igual.
Y ¿a qué negarlo? No creo
Ni del bien en la fijeza,
            Ni del mal.
Este ir y venir sin tasa,
Y este moverse impaciente,
            Pasa así,
Porque así ha pasado y pasa,
Porque sí, y ¡ay! solamente
            Porque sí.
¡Cuán inútil es que huyamos
De los fáciles amores
            Con horror,
Si cuanto más las pisamos,
Más nos embriagan las flores
            Con su olor!
El cielo sin duda envía
La lucha a la tormentosa
            Juventud;
Pues ¿qué mérito tendría
Sin esfuerzos, Blanca Rosa,
            La virtud?
¡Ay! un alma inteligente,
Siempre en nuestra alma divisa
            Una flor.
Que se abre infaliblemente
Al soplo de alguna brisa
            De otro amor.
Mas dirás: —¿Y en qué consiste
Que todo a mudar convida?—
           ¡Ay de mí!
En que la vida es muy triste . . .
Pero aunque triste, la vida
            Es así.
Y si no es amor el vaso
Donde el sobrante se vierte
            Del dolor,
Pregunto yo: —¿Es digno acaso
De ocuparnos vida y muerte
            Tal amor?—
Nunca sepas, Blanca Rosa,
Que es la dicha una locura,
            Cual yo sé;
Si quieres ser venturosa,
Ten mucha fe en la ventura,
            Mucha fe.
Si eres feliz algún día,
¡Guay, que el recuerdo tirano
            De otro amor
No se filtre en tu alegría,
Cual se desliza un gusano
            Roedor!
Tú eres de las almas buenas,
Cuyos honrados amores
            Siempre son
Los que bendicen sus penas,
Penas que se abren en flores
            De pasión.
Con tus visiones hermosas,
Nunca de tu alma el abismo
            Llenarás,
Pues la fuerza de las cosas
Puede más que Hércules mismo,
           ¡Mucho más! . . .
Si huye una vez la ventura,
Nadie después ve las flores
            Renacer
Que cubren la sepultura
De los recuerdos traidores
            Del ayer.
¿Y quién es el responsable
De hacer tragar sin medida
            Tanta hiel?
¡La vida! ¡ésa es la culpable!
La vida, sólo es la vida
            Nuestra infiel.
La vida, que desalada,
De un vértigo del infierno
            Corre en pos:
Ella corre hacia la nada;
¿Quieres ir hacia lo eterno?
            Ve hacia Dios.
¡Sí! corre hacia Dios, y Él haga
Que tengas siempre una vieja
            Juventud.
La tumba todo lo traga;
Sólo de tragarse deja
            La virtud.

Ramón de Campoamor (1817-1901)

94. Tristezas-Gaspar Núñez de Arce (1834-1903)

TRISTEZAS

Cuando recuerdo la piedad sincera
            con que en mi edad primera
entraba en nuestras viejas catedrales,
donde postrado ante la cruz de hinojos
            alzaba a Dios mi ojos
soñando en las venturas celestiales;
Hoy que mi frente atónito golpeo,
            y con febril deseo
busco los restos de mi fe perdida,
por hallarla otra vez, radiante y bella
            como en la edad aquélla,
¡desgraciado de mí! diera la vida.
¡Con qué profundo amor, niño inocente,
            prosternaba mis frente
en las losas del templo sacrosanto!
Llenábase mi joven fantasía
            de luz, de poesía,
de mudo asombro, de terrible espanto.
Aquellas altas bóvedas que al cielo
            levantaban mi anhelo;
aquella majestad solemne y grave;
aquel pausado canto, parecido
            a un doliente gemido,
que retumbaba en la espaciosa nave:
Las marmóreas y austeras esculturas
            de antiguas sepulturas,
aspiración del arte a lo infinito;
la luz que por los vidrios de colores
            sus tibios resplandores
quebraba en los pilares de granito;
Haces de donde en curva fugitiva,
            para formar la ojiva,
cada ramal subiendo se separa,
cual el rumor de multitud que ruega,
            cuando a los cielos llega,
surge cada oración distinta y clara;
En el gótico altar inmoble y fijo
            el santo crucifijo,
que extiende sin vigor sus brazos yertos,
siempre en la sorda lucha de la vida,
            tan áspera y reñida,
para el dolor y la humildad abiertos;
El místico clamor de la campana
            que sobre el alma humana
de las caladas torres se despeña,
y anuncia y lleva en sus aladas notas
            mil promesas ignotas
al triste corazón que sufre o sueña;
Todo elevaba mi ánimo intranquilo
            a más sereno asilo:
religión, arte, soledad, misterio.
todo en el templo secular hacía
            vibrar el alma mía,
como vibran las cuerdas de un salterio.
Y a esta voz interior que sólo entiende
            quien crédulo se enciende
en fervoroso y celestial cariño,
envuelta en sus flotantes vestiduras
            volaba a las alturas,
virgen sin mancha, mi oración de niño.
Su rauda, viva y luminosa huella
            como fugaz centella
traspasaba el espacio, y ante el puro
resplandor de sus alas de querube,
            rasgábase la nube
que me ocultaba el inmortal seguro.
¡Oh anhelo de esta vida transitoria!
           ¡Oh perdurable gloria! .
¡Oh! Sed inextiguible del deseo!
¡Oh cielo, que antes para mí tenías
            fulgores y armonías,
y hoy tan oscuro y desolado veo!
Ya no templas mis íntimos pesares,
            ya al pie de tus altares
como en mis años de candor no acudo.
Para llegar a ti perdí el camino,
            y errante peregrino
entre tinieblas desespero y dudo.
Voy espantado sin saber por dónde;
            grito, y nadie responde
a mi angustiada voz; alzo los ojos
y a penetrar la lobreguez no alcanzo;
            medrosamente avanzo,
y me hieren el alma los abrojos.
Hijo del siglo, en vano me resisto
            a su impiedad, ¡oh Cristo!
Su grandeza satánica me oprime.
Siglo de maravillas y de asombros,
            levanta sobre escombros
un Dios sin esperanza, un Dios que gime.
¡Y ese Dios no eres tú! No tu serena
            faz, de consuelos, llena,
alumbra y guía nuestro incierto paso.
Es otro Dios incógnito y sombrío:
            su cielo es el vacío,
Sacerdote el error, ley el Acaso.
¡Ah! No recuerda el ánimo suspenso
            un siglo más inmenso,
más rebelde a tu voz, más atrevido;
entre nubes de fuego alza su frente,
            como Luzbel, potente;
pero también, como Luzbel, caído.
A medida que marcha y que investiga
            es mayor su fatiga,
es su noche más honda y más oscura,
y pasma, al ver lo que padece y sabe,
            cómo en su seno cabe
tanta grandeza y tanta desventura.
Como la nave sin timón y rota
            que el ronco mar azota,
incendia el rayo y la borrasca mece
en piélago ignorado y proceloso,
            nuestro siglo —coloso—
con la luz que le abrasa, resplandece.
¡Y está la playa mística tan lejos! . . .
            a los tristes reflejos
del sol poniente se colora y brilla.
El huracán arrecia, el bajel arde,
            y es tarde, es ¡ay! muy tarde
para alcanzar la sosegada orilla.
¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno,
            a todo yugo ajeno,
que al impulso del vértigo se entrega,
y a través de intrincadas espesuras,
            desbocado y a oscuras
avanza sin cesar y nunca llega.
¡Llegar! ¿Adónde? . . . El pensamiento humano
            en vano lucha, en vano
su ley oculta y misteriosa infringe.
En la lumbre del sol sus alas quema,
            y no aclara el problema,
ni penetra el enigma de la Esfinge.
¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto
            que tu poder no ha muerto!
Salva a esta sociedad desventurada,
que bajo el peso de su orgullo mismo
            rueda al profundo abismo
acaso más enferma que culpada.
La ciencia audaz, cuando de ti se aleja,
            en nuestras almas deja
el germen de recónditos dolores,
como al tender el vuelo hacia la altura,
            deja su larva impura
el insecto en el cáliz de las flores.
Si en esta confusión honda y sombría
            es, Señor, todavía
raudal de vida tu palabra santa,
di a nuestra fe desalentada y yerta:
            —¡Anímate y despierta!
Como dijiste a Lázaro: —¡Levanta!—

Gaspar Núñez de Arce (1834-1903)

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