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14. Vida Retirada-Fray Luis de León (1527-1591)

VIDA RETIRADA

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio moro, en jaspes sustentado.

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado,
si en busca de este viento
ando desalentado
con ansias vivas y mortal cuidado?

¡Oh campo, oh monte, oh río!
¡oh secreto seguro deleitoso!
roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestüoso.

Un no rompido sueño,
Un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de quien la sangre ensalza o el dinero.

Despiértenme las aves
con su cantar suave no aprendido,
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
quien al ajeno arbitrio está atenido.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas sin testigo
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto
que con la primavera,
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa
de ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego sosegada
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de 'verdura vistiendo,
y con diversas flores va esparciendo.

El aire el huerto orea
y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso ruido
que del oro y del cetro pone olvido.

Ténganse su tesoro
los que de un flaco leño se confían:
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.

La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.

A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me baste, y la vajilla
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.

Y mientras miserable?
mente se están los otros abrasando
en sed insaciable
del no durable mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

A la sombra tendido
de yedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce acordado
del plectro sabiamente meneado.

Fray Luis de León (1527-1591)

42.Romance-Lope de Vega (1562–1635)

ROMANCE

¡Pobre barquilla mía,
Entre peñascos rota,
Sin velas desvelada,
Y entre las olas sola!
¿Adónde vas perdida?
¿Adónde, di, te engolfas?
Que no hay deseos cuerdos
Con esperanzas locas.
Como las altas naves,
Te apartas animosa
De la vecina tierra,
Y al fiero mar te arrojas.
Igual en las fortunas,
Mayor en las congojas,
Pequeña en las defensas,
Incitas a las ondas.
Advierte que te llevan
A dar entre las rocas
De la soberbia envidia,
Naufragio de las honras.
Cuando por las riberas
Andabas costa a costa,
Nunca del mar temiste
Las iras procelosas.
Segura navegabas;
Que por la tierra propia
Nunca el peligro es mucho
Adonde el agua es poca.
Verdad es que en la patria
No es la virtud dichosa,
Ni se estima la perla
Hasta dejar la concha.
Dirás que muchas barcas
Con el favor en popa,
Saliendo desdichadas,
Volvieron, venturosas.
No mires los ejemplos
De las que van y tornan,
Que a muchas ha perdido
La dicha de las otras.
Para los altos mares
No llevas, cautelosa,
Ni velas de mentiras,
Ni remos de lisonjas.
¿Quién te engañó, barquilla?
Vuelve, vuelve la proa;
Que presumir de nave
Fortunas ocasiona.
¿Qué jarcias te entretejen?
¿Qué ricas banderolas
Azote son del viento
Y de las aguas sombra?
¿En qué gavia descubres
Del árbol alta copa,
La tierra en perspectiva,
Del mar incultas orlas?
¿En qué celajes fundas
Que es bien echar la sonda,
Cuando, perdido el rumbo,
Erraste la derrota?
Si te sepulta arena,
¿Qué sirve fama heroica?
Que nunca desdichados
Sus pensamientos logran.
¿Qué importa que te ciñan
Ramas verdes o rojas,
Que en selvas de corales
Salado césped brota?
Laureles de la orilla
Solamente coronan
Navíos de alto bordo
Que jarcias de oro adornan.
No quieras que yo sea,
Por tu soberbia pompa,
Faetonte de barqueros
Que los laureles lloran.
Pasaron ya los tiempos
Cuando lamiendo rosas
El céfiro bullía
Y suspirada aromas.
Ya fieros huracanes
Tan arrogantes soplan
Que, salpicando estrellas,
De sol la frente mojan;
Ya los valientes rayos
De la vulcana forja,
En vez de torres altas,
Abrasan pobres chozas.
Contenta con tus redes,
A la playa arenosa
Mojado me sacabas;
Pero vivo, ¿qué importa?
Cuando de rojo nácar
Se afeitaba la aurora,
Más peces te llenaban
Que ella lloraba aljófar.
Al bello sol que adoro,
Enjuta ya la ropa,
Nos daba una cabaña
La cama de sus hojas.
Esposo me llamaba,
Yo la llamaba esposa,
Parándose de envidia
La celestial antorcha.
Sin pleito, sin disgusto,
La muerte nos divorcia:
¡Ay de la pobre barca
Que en lágrimas se ahoga!
Quedad sobre la arena,
Inútiles escotas;
Que no ha menester velas
Quien a su bien no torna.
Si con eternas plantas
Las fijas luces doras,
¡Oh dueño de mi barca!
Y en dulce paz reposas.
Merezca que le pidas
Al bien que eterno gozas,
Que adonde estás, me lleve,
Más pura y más hermosa.
Mi honesto amor te obligue;
Que no es digna victoria
Para quejas humanas
Ser las deidades sordas.
Mas ¡ay que no me escuchas!
Pero la vida es corta:
Viviendo, todo falta;
Muriendo, todo sobra.

Lope de Vega (1562–1635)

60. Las Flores y la Vida del Hombre-Pedro Calderón de la Barca (1601-1681)

LAS FLORES Y LA VIDA DEL HOMBRE

Éstas que fueron pompa y alegría
Despertando al albor de la mañana,
A la tarde serán lástima vana
Durmiendo en brazos de la noche fría.

Este matiz que al cielo desafía,
Iris listado de oro, nieve y grana,
Será escarmiento de la vida humana:
¡Tanto se emprende en término de un día!

A florecer las rosas madrugaron,
Y para envejecerse florecieron:
Cuna y sepulcro en un botón hallaron.

Tales los hombres sus fortunas vieron:
En un día nacieron y expiraron;
Que pasados los siglos, horas fueron.

Pedro Calderón de la Barca (1601-1681)

67. Al Sueño (El Himno del Desgraciado)-Alberto Lista (1775-1848)

«Que el grande y el pequeño
Somos iguales lo que dura el sueño.»
—LOPE DE VEGA, Canción

Desciende a mí, consolador Morfeo,
Único dios que imploro,
Antes que muera el esplendor febeo
Sobre las playas del adusto moro.

Y en tu regazo el importuno día
Me encuentre aletargado,
Cuando triunfante de la niebla umbría
Asciende al trono del cenit dorado.

Pierda en la noche y pierda en la mañana
Tu calma silenciosa
Aquel feliz que en lecho de oro y grana
Estrecha al seno la adorada esposa.

Y el que halagado con los dulces dones
De Pluto y de Citeres,
Las que a la tarde fueron ilusiones,
A la aurora verá ciertos placeres.

No halle jamás la matutina estrella
En tus brazos rendido
Al que bebió en los labios de su bella
El suspiro de amor correspondido.

¡Ah! déjalos que gocen. Tu presencia
No turbe su contento;
Que es perpetua delicia su existencia
Y un siglo de placer cada momento.

Para ellos nace, el orbe colorando,
La sonrosada aurora,
Y el ave sus amores va cantando,
Y la copia de Abril derrama Flora.

Para ellos tiende su brillante velo
La noche sosegada,
Y de trémula luz esmalta el cielo,
Y da al amor la sombra deseada.

Si el tiempo del placer para el dichoso
Huye en veloz carreta,
Une con breve y plácido reposo
Las dichas que ha gozado a las que espera.

Mas ¡ay! a un alma del dolor guarida
Desciende ya propicio;
Cuanto me quites de la odiosa vida,
Me quitarás de mi inmortal suplicio.

¿De qué me sirve el súbito alborozo
Que a la aurora resuena,
Si al despertar el mundo para el gozo,
Sólo despierto yo para la pena?

¿De qué el ave canora, o la verdura
Del prado que florece,
Si mis ojos no miran su 'hermosura,
Y el universo para mí enmudece?

El ámbar de la vega, el blando ruido,
Con que el raudal se lanza,
¿Qué son ¡ay! para el triste que ha perdido,
Ultimo bien del hombre, la esperanza?

Girará en vano, cuando el sol se ausente,
La esfera luminosa;
En vano, de almas tiernas confidente,
Los campos bañará la luna hermosa.

Esa blanda tristeza que derrama
A un pecho enamorado,
Si su tranquila amortiguada llama
Resbala por las faldas del collado,

No es para un corazón de quien ha huido
La ilusión lisonjera,
Cuando pidió, del desengaño herido,
Su triste antorcha a la razón severa.

Corta el hilo a mi acerba desventura,
Oh tú, sueño piadoso;
Que aquellas horas que tu imperio dura
Se iguala el infeliz con el dichoso.

Ignorada de sí yazca mi mente,
Y muerto mi sentido;
Empapa el ramo, para herir mi frente,
En las tranquilas aguas del olvido.

De la tumba me iguale tu beleño
A la ceniza yerta,
Sólo ¡ay de mí! que del eterno sueño,
Mas felice que yo, nunca despierta.

Ni aviven mi existencia interrumpida
Fantasmas voladores,
Ni los sucesos de mi amarga vida
Con tus pinceles lánguidos colores.

No me acuerdes crüel de mi tormento
La triste imagen fiera;
Bástale su malicia al pensamiento,
Sin darle tú el puñal para que hiera.

Ni me halagues con pérfidos placeres,
Que volarán contigo;
Y el dolor de perderlos cuando huyeres
De atreverme a gozar será el castigo.

Deslízate callado, y encadena
Mi ardiente fantasía;
Que asaz libre será para la pena
Cuando me entregues a la luz del día.

Ven, termina la mísera querella
De un pecho acongojado.
¡Imagen de la muerte! después de ella
Eres el bien mayor del desgraciado.

Alberto Lista (1775-1848)

88. Epístola a Emilio Arrieta-Adelardo López de Ayala (1828-1979)

EPÍSTOLA A EMILIO ARRIETA

De nuestra gran virtud y fortaleza
Al mundo hacemos con placer testigo:
Las ruindades del alma y su flaqueza
Sólo se cuentan al secreto amigo.
De mi ardiente ansiedad y mi tristeza
A solas quiero razonar contigo:
Rasgue a su alma sin pudor el velo
Quien busque admiración y no consuelo.
No quiera Dios que en rimas insolentes
De mi pesar al mundo le dé indicios,
Imitando a esos genios imprudentes
Que alzan la voz para cantar sus vicios.
Yo busco, retirado de las gentes,
De la amistad los dulces beneficios:
No hay causa ni razón que me convenza
De que es genio la falta de vergüenza.
En esta humilde y escondida estancia,
Donde aún resuenan con medroso acento
Los primeros sollozos de mi infancia
Y de mi padre el postrimer lamento:
Esclarecido el mundo a la distancia
A que de aquí le mira el pensamiento,
Se eleva la verdad que amaba tanto;
Y. antes que afecto, me produce espanto.
Aquí, aumentando mi congoja fiera.
Mi edad pasada y la presente miro.
La limpia voz de mi virtud entera.
Hoy convertida en áspero suspiro,
Y el noble aliento de mi edad primera
Trocado en la ansiedad con que respiro,
Claro publican dentro de mi pecho
Lo que hizo Dios y lo que el mundo ha hecho.
Me dotaron los cielos de profundo
Amor al bien y de valor bastante
Para exponer al embriagado mundo
Del vicio vil el sórdido semblante;
Y al ver que imbécil en el cieno hundo
De mi existencia la misión brillante,
Me parece que el hombre en voz confusa
Me pide el robo y de ladrón me acusa.
Y estos salvajes montes corpulentos,
Fieles amigos de la infancia mía,
Que con la voz de los airados vientos
Me hablaban de virtud y de energía,
Hoy con duros semblantes macilentos
Contemplan mi abandono y cobardía,
Y gimen de dolor, y cuando braman,
Ingrato y débil y traidor me llaman.
Tal vez a la batalla me apercibo;
Dudo de mi constancia y de esta duda
Toma ocasión el vicio ejecutivo
Para moverme guerra más sañuda;
Y, cuando débil el combate esquivo,
«Mañana, digo, llegará en mi ayuda»;
¡Y mañana es la muerte, y mi ansia vana
Deja mi redención para mañana!
Perdido tengo el crédito conmigo,
Y avanza cual gangrena el desaliento:
Conozco y aborrezco a mi enemigo,
Y en sus brazos me arrojo soñoliento.
La conciencia el deleite que consigo
Perturba siempre: sofocar su acento
Quiere el placer, y, lleno de impaciencia,
Ni gozo el mal ni aplaco la conciencia.
Inquieto, vacilante, confundido
Con la múltiple forma del deseo,
Impávido una vez, otra corrido
Del vergonzoso estado en que me veo,
Al mismo Dios contemplo arrepentido
De darme un alma que tan mal empleo:
La hacienda que he perdido no era mía,
Y el deshonor los tuétanos me enfría.
Aquí, revuelto en la fatal madeja
Del torpe amor, disipador cansado
Del tiempo, que al pasar sólo me deja
El disgusto de haberlo malgastado;
Si el hondo afán con que de mí se queja
Todo mi ser, me tiene desvelado,
¿Por qué no es antes noble impedimento
Lo que es después atroz remordimiento?
¡Valor! y que resulte de mi daño
Fecundo el bien: que de la edad perdida
Brote la clara luz del desengaño
Iluminando mi razón dormida:
Para vivir me basta con un ario,
Que envejecer no es alargar la vida:
¡Joven murió tal vez que eterno ha sido,
Y viejos mueren sin haber vivido!
Que tu voz, queridísimo Emiliano,
Me mantenga seguro en mi porfía;
Y así el Creador, que con tan larga mano
Te regaló fecunda fantasía,
Te enriquezca, mostrándote el arcano
De su eterna y espléndida armonía;
Tanto, que el hombre, en su placer o duelo
Tu canto elija para hablar al cielo.
Los ecos de la cándida alborada,
Que al mundo anima en blando movimiento,
Te demuestren del alma enamorada
El dulce anhelo y el primer acento;
El rumor de la noche sosegada,
La noble gravedad del pensamiento;
Y las quejas del ábrego sombrío
La ronca voz del corazón impío.
Y el gran torrente que, con pena tanta,
Por las quiebras del hondo precipicio,
Rugiendo de amargura, se quebranta,
Deje en tu alma verdadero indicio
De la virtud, que gime y se abrillanta
En las quiebras del rudo sacrificio,
Y en tu canto resuenen juntamente
El bien futuro y el dolor presente.
Y en las férvidas olas impelidas
Del huracán, que asalta las estrellas,
Y rebraman, mostrando embravecidas
Que el aliento de Dios se encierra en ellas,
Aprendas las canciones dirigidas
Al que para en su curso las centellas,
Y resuene tu voz de polo a polo,
De su grandeza intérprete tú solo.

Adelardo López de Ayala (1828-1979)

90. Lo que hace el tiempo-Ramón de Campoamor (1817-1901)

LO QUE HACE EL TIEMPO

A Blanca Rosa de Osma
 
Con mis coplas, Blanca Rosa,
Tal vez te cause cuidados
            Por cantar
Con la voz ya temblorosa,
Y los ojos ya cansados
            De llorar.
Hoy para ti sólo hay glorias,
Y danzas y flores bellas;
            Mas después,
Se alzarán tristes memorias,
Hasta de las mismas huellas
            De tus pies.
En tus fiestas seductoras
¿No oyes del alma en lo interno
            Un rumor,
Que lúgubre a todas horas,
Nos dice que no es eterno
            Nuestro amor?
¡Cuánto a creer se resiste
Una verdad tan odiosa
            Tu bondad!
¡Y esto fuera menos triste
Si no fuera, Blanca Rosa,
            Tan verdad!
Te aseguro, como amigo,
Que es muy raro, y no te extrañe,
            Amar bien.
Siento decir lo que digo;
Pero ¿quieres que te engañe
            Yo también?
Pasa un viento arrebatado,
Viene amor, y a dos en uno
            Funde Dios;
Sopla el desamor helado,
Y vuelve a hacer, importuno,
            De uno, dos.
Que amor, de egoísmo lleno,
A su gusto se acomoda
            Bien y mal;
En él hasta herir es bueno,
Se ama o no se ama, ésta es toda
            Su moral.
¡Oh! ¡qué bien cumple el amante,
Cuando aun tiene la inocencia,
            Su deber!
Y ¡cómo, más adelante,
Aviene con su conciencia
            Su placer!
¿Y es culpable el que, sediento,
Buscando va en nuevos lazos
            Otro amor?
¡Sí! culpable como el viento
Que, al pasar, hace pedazos
            Una flor.
¿Verdad que es abominable
Que el corazón vagabundo
            Mude así,
Sin ser por ello culpable,
Porque esto pasa en el mundo
            Porque sí?
Se ama una vez sin medida,
Y aun se vuelve a amar sin tino
            Más de dos.
¡Cuán versátil es la vida!
¡Cuán vano es nuestro destino,
            Santo Dios!
É1 lleve tu labio ayuno
A algún manantial querido
            De placer,
Donde dichosa, ninguno
Te enserie nunca el olvido
            Del deber.
Siempre el destino constante
Nos da cual vil usurero
            Su favor:
Da amor primero y no amante;
Después mucho amante, pero
            Poco amor.
Tranquila a veces reposa,
Y otras se marcha volando
            Nuestra fe.
Y esto pasa, Blanca Rosa,
Sin saber cómo, ni cuándo,
            Ni por qué.
Nunca es estable el deseo,
Ni he visto jamás terneza
            Siempre igual.
Y ¿a qué negarlo? No creo
Ni del bien en la fijeza,
            Ni del mal.
Este ir y venir sin tasa,
Y este moverse impaciente,
            Pasa así,
Porque así ha pasado y pasa,
Porque sí, y ¡ay! solamente
            Porque sí.
¡Cuán inútil es que huyamos
De los fáciles amores
            Con horror,
Si cuanto más las pisamos,
Más nos embriagan las flores
            Con su olor!
El cielo sin duda envía
La lucha a la tormentosa
            Juventud;
Pues ¿qué mérito tendría
Sin esfuerzos, Blanca Rosa,
            La virtud?
¡Ay! un alma inteligente,
Siempre en nuestra alma divisa
            Una flor.
Que se abre infaliblemente
Al soplo de alguna brisa
            De otro amor.
Mas dirás: —¿Y en qué consiste
Que todo a mudar convida?—
           ¡Ay de mí!
En que la vida es muy triste . . .
Pero aunque triste, la vida
            Es así.
Y si no es amor el vaso
Donde el sobrante se vierte
            Del dolor,
Pregunto yo: —¿Es digno acaso
De ocuparnos vida y muerte
            Tal amor?—
Nunca sepas, Blanca Rosa,
Que es la dicha una locura,
            Cual yo sé;
Si quieres ser venturosa,
Ten mucha fe en la ventura,
            Mucha fe.
Si eres feliz algún día,
¡Guay, que el recuerdo tirano
            De otro amor
No se filtre en tu alegría,
Cual se desliza un gusano
            Roedor!
Tú eres de las almas buenas,
Cuyos honrados amores
            Siempre son
Los que bendicen sus penas,
Penas que se abren en flores
            De pasión.
Con tus visiones hermosas,
Nunca de tu alma el abismo
            Llenarás,
Pues la fuerza de las cosas
Puede más que Hércules mismo,
           ¡Mucho más! . . .
Si huye una vez la ventura,
Nadie después ve las flores
            Renacer
Que cubren la sepultura
De los recuerdos traidores
            Del ayer.
¿Y quién es el responsable
De hacer tragar sin medida
            Tanta hiel?
¡La vida! ¡ésa es la culpable!
La vida, sólo es la vida
            Nuestra infiel.
La vida, que desalada,
De un vértigo del infierno
            Corre en pos:
Ella corre hacia la nada;
¿Quieres ir hacia lo eterno?
            Ve hacia Dios.
¡Sí! corre hacia Dios, y Él haga
Que tengas siempre una vieja
            Juventud.
La tumba todo lo traga;
Sólo de tragarse deja
            La virtud.

Ramón de Campoamor (1817-1901)