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40.Canción-Lope de Vega (1562–1635)

CANCIÓN

¡Oh libertad preciosa,
No comparada al oro,
Ni al bien mayor de la espaciosa tierra!
Más rica y más gozosa
Que el precioso tesoro
Que el mar del sur entre su nácar cierra;
Con armas, sangre y guerra,
Con las vidas y famas,
Conquistada en el mundo;
Paz dulce, amor profundo,
Que el mal apartas y a tu bien nos llamas:
En ti sola se anida
Oro, tesoro, paz, bien, gloria y vida.

Cuando de las humanas
Tinieblas vi del cielo
La luz, principio de mis dulces días,
Aquellas tres hermanas
Que nuestro humano velo
Tejiendo, llevan por inciertas vías,
Las duras penas mías
Trocaron en la gloria
Que en libertad poseo,
Con siempre igual deseo,
Donde verá por mi dichosa historia,
Quien más leyere en ella,
Que es dulce libertad lo menos della.

Yo pues, señor exento
Desta montaña y prado,
Gozo la gloria y libertad que tengo.
Soberbio pensamiento
Jamás ha derribado
La vida humilde y pobre que sostengo.
Cuando a las manos vengo
Con el muchacho ciego,
Haciendo rostro embisto,
Venzo, triunfo y resisto
La flecha, el arco, la ponzoña, el fuego,
Y con libre albedrío
Lloro el ajeno mal y canto el mío.

Cuando el aurora baña
Con helado rocío
De aljófar celestial el monte y prado,
Salgo de mi cabaña,
Riberas deste río,
A dar el nuevo pasto a mi ganado,
Y cuando el sol dorado
Muestra sus fuerzas graves,
Al sueño el pecho inclino
Debajo un sauce o pino,
O ya gozando el aura,
Oyendo el son de las parleras aves,
Donde el perdido aliento se restaura.

Cuando la noche oscura
Con su estrellado manto
El claro día en su tiniebla encierra,
Y suena en la espesura
El tenebroso canto
De los nocturnos hijos de la tierra,
Al pie de aquesta sierra
Con rústicas palabras
Mi ganadillo cuento
Y el corazón contento
Del gobierno de ovejas y de cabras,
La temerosa cuenta
Del cuidadoso rey me representa.

Aquí la verde pera
Con la manzana hermosa,
De gualda y roja sangre matizada,
Y de color de rosa
La cermeña olorosa
Tengo, y la endrina de color morada;
Aquí de la enramada
Parra que al olmo enlaza,
Melosas uvas cojo;
Y en cantidad recojo,
Al tiempo que las ramas desenlaza
El caluroso estío,
Membrillos que coronan este río.

No me da descontento
El hábito costoso
Que de lascivo el pecho noble infama;
Es mi dulce sustento
Del campo generoso
Estas silvestres frutas que derrama;
Mi regalada cama
De blandas pieles y hojas,
Que algún rey la envidiara,
Y de ti, fuente clara,
Que bullendo, el arena y agua arrojas,
Estos cristales puros,
Sustentos pobres, pero bien seguros.

Estése el cortesano
Procurando a su gusto
La blanda cama y el mejor sustento;
Bese la ingrata mano
Del poderoso injusto,
Formando torres de esperanza al viento;
Viva y muera sediento
Por el honroso oficio,
Y goce yo del suelo,
Al aire, al sol y al hielo,
Ocupado en mi rústico ejercicio;
Que más vale pobreza
En paz, que en guerra mísera riqueza.

Ni temo al poderoso
Ni al rico lisonjeo,
Ni soy camaleón del que gobierna,
Ni me tiene envidioso
La ambición y deseo
De ajena gloria ni de fama eterna;
Carne sabrosa y tierna,
Vino aromatizado,
Pan blanco de aquel día,
En prado, en fuente fría,
Halla un pastor con hambre fatigado;
Que el grande y el pequeño
Somos iguales lo que dura el sueño.

Lope de Vega (1562–1635

77. Canción del Pirata-José de Espronceda (1808-1842)

CANCIÓN DEL PIRATA

Con diez cañones por banda,
Viento en popa, a toda vela,
No corta el mar, sino vuela
Un velero bergantín:
Bajel pirata que llaman,
Por su bravura, el Temido,
En todo mar conocido
Del uno al otro confín.
La luna en el mar dela,
En la lona gime el viento,
Y alza en blando movimiento
Olas de plata y azul;
Y ve el capitán pirata,
Cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
Y allá a su frente Estambul.
          «Navega, velero mío,
                    Sin temor;
          Que ni enemigo navío,
          Ni tormenta, ni bonanza
          Tu rumbo a torcer alcanza,
          Ni a sujetar tu valor.
                    »Veinte presas
                    Hemos hecho
                    A despecho
                    Del inglés,
                    Y han rendido
                    Sus pendones
                    Cien naciones
                    A mis pies.»

Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley la fuerza del viento,
Mi única patria, la mar.

          «Allá muevan feroz guerra
                    Ciegos reyes
          Por un palmo más de tierra:
          Que yo tengo aquí por mío
          Cuanto abarca el mar bravío,
          A quien nadie impuso leyes.
                    »Y no hay playa,
                    Sea cualquiera,
                    Ni bandera
                    De esplendor,
                    Que no sienta
                    Mi derecho,
                    Y dé pecho
                    A mi valor.»

Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley la fuerza del viento,
Mi única patria, la mar.

          «A la voz de “¡barco viene!”
                    Es de ver
          Cómo vira y se previene
          A todo trapo escapar;
          Que yo soy el rey del mar,
          Y mi furia es de temer.
                    »En las presas
                    Yo divido
                    Lo cogido
                    Por igual.
                    Sólo quiero
                    Por riqueza
                    La belleza
                    Sin rival.»

Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley la fuerza del viento,
Mi única patria, la mar.

          «¡Sentenciado estoy a muerte!
                    Yo me río:
          No me abandone la suerte
          Y al mismo que me condena,
          Colgaré de alguna antena,
          Quizá en su propio navío.
                    »Y si caigo,
                   ¿Qué es la vida?
                    Por perdida
                    Ya la di,
                    Cuando el yugo
                    Del esclavo,
                    Como un bravo,
                    Sacudí.»

Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley la fuerza del viento,
Mi única patria, la mar.

          «Son mi música mejor Aquilones:
                    El estrépito y temblor
          De los cables sacudidos,
          Del negro mar los bramidos
          Y el rugir de mis cañones
                    »Y del trueno
                    Al son violento
                    Y del viento
                    Al rebramar,
                    Yo me duermo
                    Sosegado,
                    Arrullado
                    Por el mar.»

Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley la fuerza del viento,
Mi única patria, la mar.

José de Espronceda (1808-1842)

93. Estrofas-Gaspar Núñez de Arce (1834-1903)

I

La generosa musa de Quevedo
desbordóse una vez como un torrente
y exclamó llena de viril denuedo:
No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando los labios, ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.

II

Y al estampar sobre la herida abierta
el hierro de su cólera encendido,
tembló la concusión que siempre alerta,
incansable y voraz, labra su nido,
como gusano ruin en carne muerta,
en todo Estado exánime y podrido.

III

Arranque de dolor, de ese profundo
dolor que se concentra en el misterio
y huye amargado del rumor del mundo,
fue su sangrienta sátira, cauterio
que aplicó sollozando al patrio imperio,
mísero, gangrenado y moribundo.

IV

¡Ah! si hoy pudiera resonar la lira
que con Quevedo descendió a la tumba,
en medio de esta universal mentira,
de este viento de escándalo que zumba,
de este fétido hedor que se respira,
de esta España moral que se derrumba;

V

De la viva y creciente incertidumbre
que en lucha estéril nuestra fuerza agota;
del huracán de sangre que alborota
el mar de la revuelta muchedumbre;
de la insaciable y honda podredumbre
que el rostro y la conciencia nos azota;

VI

De este horror, de este ciego desvarío
que cubre nuestras almas con un velo,
como el sepulcro, impenetrable y frío;
de este insensato pensamiento impío
que destituye a Dios, despuebla el cielo
y precipita el mundo en el vacío;

VII

Si en medio de esta borrascosa orgía
que infunde repugnancia al par que aterra,
esa lira estallara ¿qué sería?
Grito de indignación, canto de guerra,
que en las entrañas mismas de la tierra
la muerta humanidad conmovería.

VIII

Mas ¿porque el gran satírico no aliente
ha de haber quien contemple y autorice
tanta degradación, indiferente?
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

IX

¡Cuántos sueños de gloria evaporados
como las leves gotas del rocío
que apenas mojan los sedientos prados!
¡Cuánta ilusión perdida en el vacío,
y cuántos corazones anegados
en la amarga corriente del hastío!

X

No es la revolución raudal de plata
que fertiliza la extendida vega:
es sorda inundación que se desata.
No es viva luz que se difunde grata,
sino confuso resplandor que ciega
y tormentoso vértigo que mata.

XI

Al menos en el siglo desdichado
que aquel ilustre y vigoroso vate
con el rayo marcó de su censura,
podía el corazón atribulado
salir ileso del mortal combate
en alas de la fe radiante y pura.

XII

Y apartando la vista de aquel cieno
social, de aquellos fétidos despojos,
de aquel lubrico y torpe desenfreno,
fijar llorando los ardientes ojos
en ese cielo azul, limpio y sereno,
de santa paz y de esperanza lleno.

XIII

Pero hoy ¿dónde mirar? Un golpe mismo
hiere al César y a Dios: Sorda carcoma
prepara el misterioso cataclismo,
y como en tiempo de la antigua Roma,
todo cruje, vacila y se desploma
en el cielo, en la tierra, en el abismo.

XIV

Perdida en tanta soledad la calma,
de noche eterna el corazón cubierto,
la gloria muda, desolada el alma,
en este pavoroso desconcierto
se eleva la Razón, como la palma
que crece triste y sola en el desierto.

XV

¡Triste y sola, es verdad! ¿Dónde hay miseria
mayor? ¿Dónde más rudo desconsuelo?
¿De qué le sirve desgarrar el velo
que envuelve y cubre la vivaz materia,
y con profundo, inextinguible anhelo
sondar la tierra, escudriñar el cielo;

XVI

Entregarse a merced del torbellino
y en la duda incesante que la aqueja
el secreto inquirir de su destino,
si a cada paso que adelanta deja
su fe inmortal, como el vellón la oveja,
enredada en las zarzas del camino?

XVII

¿Si a su culpada humillación se adhiere
con la constancia infame del beodo,
que goza en su abyección, y en ella muere?
¿Se ciega y torpe, y degrada en todo,
desconoce su origen, y prefiere
a descender de Dios, surgir del lodo?

XVIII

¡Libertad, libertad! No eres aquella
virgen, de blanca túnica ceñida,
que vi en mis sueños pudibunda y bella.
No eres, no, la deidad esclarecida
que alumbra con su luz, como una estrella,
los oscuros abismos de la vida.

XIX

No eres la fuente de perenne gloria
que dignifica el corazón humano
y engrandece esta vida transitoria.
No el ángel vengador que con su mano
imprime en las espaldas del tirano
el hierro enrojecido de la historia.

XX

No eres la vaga aparición que sigo
con hondo afán desde mi edad primera,
sin alcanzarla nunca... Mas ¿qué digo?
No eres la libertad, disfraces fuera,
¡licencia desgreñada, vil ramera
del motín, te conozco y te maldigo!

XXI

¡Ah! No es extraño que sin luz ni guía,
los humanos instintos se desborden
con el rugido del volcán que estalla,
y en medio del tumulto y la anarquía,
como corcel indómito el desorden
no respete ni látigo ni valla.

XXII

¿Quién podrá detenerle en su carrera?
¿Quién templar los impulsos de la fiera
y loca multitud enardecida,
que principia a dudar y ya no espera
hallar en otra luminosa esfera,
bálsamo a los dolores de esta vida?

XXIII

Como Cristo en la cúspide del monte,
rotas ya sus mortales ligaduras,
mira doquier con ojos espantados,
por toda la extensión del horizonte
dilatarse a sus pies vastas llanuras,
ricas ciudades, fértiles collados.

XXIV

Y excitando su afán calenturiento
tanta grandeza y tanto poderío,
de la codicia el persuasivo acento
grítale audaz: —¡El cielo está vacío!
¿A quién temer?—Y ronca y sin aliento
la muchedumbre grita: —¡Todo es mío!—

XXV

Y en el tumulto su puñal afila,
y la enconada cólera que encierra
enturbia y enardece su pupila,
y ensordeciendo el aire en son de guerra
hace temblar bajo sus pies la tierra,
como las hordas bárbaras de Atila.

XXVI

No esperéis que esa turba alborotada
infunda nueva sangre generosa
en las venas de Europa desmayada;
ni que termine su fatal jornada,
sobre el ara desierta y polvorosa
otro Dios levantando con su espada.

XXVII

No esperéis, no. que la confusa plebe,
como santo depósito en su pecho
nobles instintos y virtudes lleve.
Hallará el mundo a su codicia estrecho,
que es la fuerza, es el número, es el hecho
brutal ¡es la materia que se mueve!

XXVIII

Y buscará la libertad en vano;
que no arraiga en los crímenes la idea,
ni entre las olas fructifica el grano.
Su castigo en sus iras centellea
pronto a estallar; que el rayo y el tirano
hermanos son. ¡La tempestad los crea!

Gaspar Núñez de Arce (1834-1903)