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3. Romance de Abenámar-Anónimo (1500)

ROMANCE DE ABENÁMAR

—¡Abenámar, Abenámar,
moro de la morería,
el día que tú naciste
grandes señales había!
Estaba la mar en calina,
la luna estaba crecida:
moro que en tal signo nace,
no debe decir mentira.—
Allí respondiera el moro,
bien oiréis lo que decía:
—Yo te la diré, señor,
aunque me cueste la vida
porque soy hijo de un moro
y una cristiana cautiva;
siendo yo niño y muchacho
mi madre me lo decía:
que mentira no dijese,
que era grande villanía;
por tanto pregunta, rey,
que la verdad te diría.
—Yo te agradezco, Abenámar
aquesa tu cortesía.
¿Qué castillos son aquéllos?
¡Altos son y relucían!
—El Alhambra era, señor,
y la otra la mezquita;
los otros los Alixares,
labrados a maravilla.
El moro que los labraba
cien doblas ganaba al día,
y el día que no los labra
otras tantas se perdía.
El otro es Generalife,
huerta que par no tenía;
el otro Torres Bermejas,
castillo de gran valía.—
Allí habló el rey don Juan,
bien oiréis lo que decía:
—Si tú quisieses, Granada,
contigo me casaría;
daréte en arras y dote
a Córdoba y a Sevilla.
—Casada soy, rey don Juan,
casada soy, que no viuda;
el moro que a mí me tiene
muy grande bien me quería.

Anónimo (1500)

4. Romance del Rey Moro que Perdió Alhama-Anónimo (1500)

ROMANCE DEL REY MORO QUE PERDIÓ ALHAMA

Paseábase el rey moro
por la ciudad de Granada,
desde la puerta de Elvira
hasta la de Vivarrambla.
«¡Ay de mi Alhama!»

Cartas le fueron venidas
que Alhama era ganada:
las cartas echó en el fuego,
y al mensajero matara.
«¡Ay de mi Alhama!»

Descabalga de una mula,
y en un caballo cabalga;
por el Zacatín arriba
subido se había al Alhambra.
«¡Ay de mi Alhama!»

Como en el Alhambra estuvo,
al mismo punto mandaba
que se toquen sus trompetas,
sus añafiles de plata.
«¡Ay de mi Alhama!»

Y que las cajas de guerra
apriesa toquen al arma,
porque lo oigan sus moros,
los de la Vega y Granada.
«¡Ay de mi Alhama!»

Los moros que el son oyeron
que al sangriento Marte llama,
uno a uno y dos a dos
juntado se ha gran batalla.
«¡Ay de mi Alhama!»

Allí habló un moro viejo,
de esta manera hablara:
—¿Para qué nos llamas, rey,
para qué es esta llamada?—
«¡Ay de mi Alhama!»

—Habéis de saber, amigos,
una nueva desdichada:
que cristianos de braveza
ya nos han ganado Alhama.
«¡Ay de mi Alhama!»

Allí habló un alfaquí
de barba crecida y cana:
—¡Bien se te emplea, buen rey,
buen rey, bien se te empleara!
«¡Ay de mi Alhama!»

Mataste los Bencerrajes,
qu’eran la flor de Granada;
cogiste los tornadizos
de Córdoba la nombrada.
«¡Ay de mi Alhama!»

Por eso mereces, rey,
una pena muy doblada:
que te pierdas tú y el reino,
y aquí se pierda Granada.—
«¡Ay de mi Alhama!»

Anónimo (1500)

5. Romance de Rosa Fresca-Anónimo (1500)

ROMANCE DE ROSA FRESCA

—Rosa fresca, rosa fresca,
tan garrida y con amor,
cuando vos tuve en mis brazos,
no vos supe servir, no;
y agora que os serviría
no vos puedo haber, no.
—Vuestra fue la culpa, amigo,
vuestra fue, que mía no;

enviátesme una carta
con un vuestro servidor,
y en lugar de recaudar
él dijera otra razón:
que érades casado, amigo,
allá en tierras de León;
que tenéis mujer hermosa
y hijos como una flor.

—Quien os lo dijo, señora,
no vos dijo verdad, no;
que yo nunca entré en Castilla
ni allá en tierras de León,
sino cuando era pequeño,
que no sabía de amor.

Anónimo (1500)

6. Romance de Fontefrida-Anónimo (1500)

ROMANCE DE FONTEFRIDA

Fonte-frida, Fonte-frida,
Fonte-frida y con amor,
do todas las avecicas
van tomar consolación,
sino es la tortolica
que está viuda y con dolor.
Por allí fuera a pasar
el traidor de ruiseñor:
las palabras que le dice
llenas son de traición:
—Si tú quisieses, señora,
yo sería tu servidor.
—Vete de ahí, enemigo,
malo, falso, engañador,
que ni poso en ramo verde,
ni en prado que tenga flor;
que si el agua hallo clara,
turbia la bebía yo;
que no quiero haber marido,
porque hijos no haya, no:
no quiero placer con ellos,
ni menos consolación.
¡Déjame, triste enemigo,
malo, falso, mal traidor,
que no quiero ser tu amiga,
ni casar contigo, no.

Anónimo (1500)

7. Romance de Blanca-Niña-Anónimo (1500)

ROMANCE DE BLANCA-NIÑA

Blanca sois, señora mía,
más que no el rayo del sol:
¿si la dormiré esta noche
desarmado y sin pavor?
que siete años había, siete,
que no me desarmo, no.
Más negras tengo mis carnes
que un tiznado carbón:
—Dormilda, señor, dormilda,
desarmado sin temor
que el conde es ido a la caza
a los montes de León.
—Rabia le mate los perros,
y águilas el su halcón,
y del monte hasta su casa
a él le arrastre el morón.
—Ellos en aquesto estando
su marido que llegó:
—¿Qué hacéis, la Blanca-niña,
hija de padre traidor?
—Señor, peino mis cabellos,
péinolos con gran dolor,
que me dejéis a mi sola
y a los montes os vais vos.
—Esa palabra, la niña,
no era sino traición:
¿cúyo es aquel caballo
que allá bajo relinchó?
—Señor, era de mi padre,
y envióslo para vos.
—¿Cúyas son aquellas armas
que están en el corredor?
—Señor, eran de mi hermano,
y hoy os las envió.
—¿Cúya es aquella lanza,
desde aquí la veo yo?
—Tomalda, conde, tomalda,
matadme con ella vos,
que aquesta muerte, buen conde,
bien os la merezco yo.

Anónimo (1500)

8. Romance del Conde Arnaldos-Anónimo (1500)

ROMANCE DEL CONDE ARNALDOS

¡Quién hubiese tal ventura
sobre las aguas del mar,
como hubo el conde Arnaldos
la mañana de San Juan!
Con un falcón en la mano
la caza iba a cazar,
vio venir una galera
que a tierra quiere llegar.
Las velas traía de seda,
la ejercía de un cendal,
marinero que la manda
diciendo viene un cantar
que la mar ponía en calma,
los vientos hace amainar,
los peces que andan nel hondo
arriba los hace andar,
las aves que andan volando
nel mástil la faz posar.
—Galera, la mi galera,
Dios te me guarde de mal,
De los peligros del mundo
sobre aguas de la mar,
de las fustas de los moros,
que andaban a saltear—.
Allí habló el conde Arnaldos,
bien oiréis lo que dirá:
—Por Dios te ruego, marinero,
dígasme ora ese cantar.—
Respondióle el marinero,
tal respuesta le fue a dar:
—Yo no digo esta canción
sino a quien conmigo va.

Anónimo (1500)

9. Romance de la Hija del Rey de Francia-Anónimo (1500)

ROMANCE DE LA HIJA DEL REY DE FRANCIA

De Francia partió la niña,
de Francia la bien guarnida:
íbase para París,
do padre y madre tenía.
Errado lleva el camino,
errada lleva la guía:
arrimárase a un roble
por esperar compañía.

Vio venir un caballero
que a París lleva la guía.
La niña desque lo vido
de esta suerte le decía:
—Si te place, caballero,
llévesme en tu compañía.
—Pláceme, dijo, señora,
pláceme, dijo, mi vida.—

Apeóse del caballo
por hacelle cortesía;
puso la niña en las ancas
y él subiérase en la silla.
En medio él del camino
de amores la requería.
La niña desque lo oyera
díjole con osadía:

—Tate, tate, caballero,
no hagáis tal villanía:
hija soy de un malato
y de una malatía;
el hombre que a mí llegase
malato se tornaría.—
El caballero con temor
palabra no respondía.

A la entrada de París
la niña se sonreía.
—¿De qué vos reís, señora?
¿de qué vos reís, mi vida?
—Ríome del caballero,
y de su gran cobardía,
¡tener la niña en el campo
y catarle cortesía!—

Caballero con vergüenza
estas palabras decía:
—Vuelta, vuelta, mi señora,
que una cosa se me olvida.—
La niña como discreta
dijo: —Yo no volvería,
ni persona, aunque volviese,
en mi cuerpo tocaría:
hija soy del rey de Francia
y de la reina Constantina,
el hombre que a mí llegase
muy caro le costaría.

Anónimo (1500)

10. Romance de Doña Alda-Anónimo (1500)

ROMANCE DE DOÑA ALDA

En París está doña Alda
la esposa de don Roldán,
trescientas damas con ella
para bien la acompañar:
todas visten un vestido,
todas calzan un calzar,
todas comen a una mesa,
todas comían de un pan,
sino era sola doña Alda,
que era la mayoral.
Las ciento hilaban oro,
las ciento tejen cendal,
las ciento instrumentos tañen,
para doña Alda holgar.
Al son de los instrumentos
doña Alda adormido se ha:
ensoñado había un sueño,
un sueño de gran pesar.
Recordó despavorida
y con un pavor muy grand,
los gritos daba tan grandes
que se oían en la ciudad.
Allí hablaron sus doncellas,
bien oiréis lo que dirán:
—¿Qué es aquesto, mi señora?
¿quién es el que os hizo mal?
—Un sueño soñé, doncellas,
que me ha dado gran pesar;
que me veía en un monte
en un desierto lugar:
de so los montes muy altos
un azor vide volar,
tras dél viene una aguililla
que lo ahinca muy mal.
El azor con grande cuita,
metióse so mi brial;
el águila con grande ira
de allí lo iba a sacar;
con las uñas lo despluma,
con el pico lo deshaz.—
Allí habló su camarera,
bien oiréis lo que dirá:
—Aquese sueño, señora,
bien os lo entiendo soltar;
el azor es vuestro esposo,
que viene de allen la mar;
el águila sedes vos,
con la cual ha de casar,
y aquel monte es la iglesia
donde os han de velar.
—Si así es, mi camarera,
bien te lo entiendo pagar.—
Otro día de mañana
cartas de fuera le traen;
tintas venían de dentro,
de fuera escritas con sangre,
que su Roldán era muerto
en la caza de Roncesvalles.

Anónimo (1500)

41.Romance-Lope de Vega (1562–1635)

ROMANCE

A mis soledades voy.
De mi soledades vengo,
Porque para andar conmigo
Me bastan mis pensamientos.

¡No sé qué, tiene la aldea
Donde vivo y donde muero,
Que con venir de mí mismo
No puedo venir más lejos!

Ni estoy bien ni mal conmigo;
Mas dice mi entendimiento
Que un hombre que todo es alma
Está cautivo en su cuerpo.

Entiendo lo que me basta,
Y solamente no entiendo
Cómo se sufre a sí mismo
Un ignorante soberbio.

De cuantas cosas me cansan,
Fácilmente me defiendo;
Pero no puedo guardarme
De los peligros de un necio.

Él dirá que yo lo soy,
Pero con falso argumento;
Que humildad y necedad
No caben en un sujeto.

La diferencia conozco,
Porque en él y en mí contemplo,
Su locura en su arrogancia,
Mi humildad en su desprecio.

O sabe naturaleza
Más que supo en otro tiempo,
O tantos que nacen sabios
Es porque lo dicen ellos.

«Sólo sé que no sé nada»,
Dijo un filósofo, haciendo
La cuenta con su humildad,
Adonde lo más es menos.

No me precio de entendido,
De desdichado me precio;
Que los que no son dichosos,
¿Cómo pueden ser discretos?

No puede durar el mundo,
Porque dicen, y lo creo,
Que suena a vidrio quebrado
Y que ha de romperse presto.

Señales son del juicio
Ver que todos le perdemos,
Unos por carta de más,
Otros por carta de menos.

Dijeron que antiguamente
Se fue la verdad al cielo:
Tal la pusieron los hombres
Que desde entonces no ha vuelto.

En dos edades vivimos
Los propios y los ajenos,
La de plata los extraños,
Y la de cobre los nuestros.

¿A quién no dará cuidado,
Si es español verdadero,
Ver los hombres a lo antiguo
Y el valor a lo moderno?

Todos andan bien vestidos
Y quejánse de los precios;
De medio arriba, romano,
De medio abajo, romeros.

Dijo Dios que comería
Su pan el hombre primero
Con el sudor de su cara,
Por quebrar su mandamiento;

Y algunos inobedientes
A la vergüenza y al miedo,
Con las prendas de su honor
Han trocado los efectos.

Virtud y filosofía
Peregrinan como ciegos:
El uno se lleva al otro,
Llorando van y pidiendo.

Dos polos tiene la tierra,
Universal movimiento,
La mejor vida el favor,
La mejor sangre el dinero.

Oigo tañer las campanas,
Y no me espanto, aunque puedo,
Que en lugar de tantas cruces
Haya tantos hombres muertos.

Mirando estoy los sepulcros
Cuyos mármoles eternos
Están diciendo sin lengua
Que no lo fueron sus dueños.

¡Oh, bien haya quien los hizo,
Porque solamente en ellos
De los poderosos grandes
Se vengaron los pequeños!

Fea pintan a la envidia:
Yo confieso que la tengo
De unos hombres que no saben
Quién vive pared en medio.

Sin libros y sin papeles,
Sin tratos, cuentas ni cuentos,
Cuando quieren escribir
Piden prestado el tintero.

Sin ser pobres ni ser ricos,
Tienen chimenea y huerto;
No los despiertan cuidados,
Ni pretensiones, ni pleitos.

Ni murmuraron del grande,
Ni ofendieron al pequeño;
Nunca, como yo, firmaron
Parabién, ni pascua dieron.

Con esta envidia que digo,
Y lo que paso en silencio,
A mis soledades voy,
De mis soledades vengo.

Lope de Vega (1562–1635)

42.Romance-Lope de Vega (1562–1635)

ROMANCE

¡Pobre barquilla mía,
Entre peñascos rota,
Sin velas desvelada,
Y entre las olas sola!
¿Adónde vas perdida?
¿Adónde, di, te engolfas?
Que no hay deseos cuerdos
Con esperanzas locas.
Como las altas naves,
Te apartas animosa
De la vecina tierra,
Y al fiero mar te arrojas.
Igual en las fortunas,
Mayor en las congojas,
Pequeña en las defensas,
Incitas a las ondas.
Advierte que te llevan
A dar entre las rocas
De la soberbia envidia,
Naufragio de las honras.
Cuando por las riberas
Andabas costa a costa,
Nunca del mar temiste
Las iras procelosas.
Segura navegabas;
Que por la tierra propia
Nunca el peligro es mucho
Adonde el agua es poca.
Verdad es que en la patria
No es la virtud dichosa,
Ni se estima la perla
Hasta dejar la concha.
Dirás que muchas barcas
Con el favor en popa,
Saliendo desdichadas,
Volvieron, venturosas.
No mires los ejemplos
De las que van y tornan,
Que a muchas ha perdido
La dicha de las otras.
Para los altos mares
No llevas, cautelosa,
Ni velas de mentiras,
Ni remos de lisonjas.
¿Quién te engañó, barquilla?
Vuelve, vuelve la proa;
Que presumir de nave
Fortunas ocasiona.
¿Qué jarcias te entretejen?
¿Qué ricas banderolas
Azote son del viento
Y de las aguas sombra?
¿En qué gavia descubres
Del árbol alta copa,
La tierra en perspectiva,
Del mar incultas orlas?
¿En qué celajes fundas
Que es bien echar la sonda,
Cuando, perdido el rumbo,
Erraste la derrota?
Si te sepulta arena,
¿Qué sirve fama heroica?
Que nunca desdichados
Sus pensamientos logran.
¿Qué importa que te ciñan
Ramas verdes o rojas,
Que en selvas de corales
Salado césped brota?
Laureles de la orilla
Solamente coronan
Navíos de alto bordo
Que jarcias de oro adornan.
No quieras que yo sea,
Por tu soberbia pompa,
Faetonte de barqueros
Que los laureles lloran.
Pasaron ya los tiempos
Cuando lamiendo rosas
El céfiro bullía
Y suspirada aromas.
Ya fieros huracanes
Tan arrogantes soplan
Que, salpicando estrellas,
De sol la frente mojan;
Ya los valientes rayos
De la vulcana forja,
En vez de torres altas,
Abrasan pobres chozas.
Contenta con tus redes,
A la playa arenosa
Mojado me sacabas;
Pero vivo, ¿qué importa?
Cuando de rojo nácar
Se afeitaba la aurora,
Más peces te llenaban
Que ella lloraba aljófar.
Al bello sol que adoro,
Enjuta ya la ropa,
Nos daba una cabaña
La cama de sus hojas.
Esposo me llamaba,
Yo la llamaba esposa,
Parándose de envidia
La celestial antorcha.
Sin pleito, sin disgusto,
La muerte nos divorcia:
¡Ay de la pobre barca
Que en lágrimas se ahoga!
Quedad sobre la arena,
Inútiles escotas;
Que no ha menester velas
Quien a su bien no torna.
Si con eternas plantas
Las fijas luces doras,
¡Oh dueño de mi barca!
Y en dulce paz reposas.
Merezca que le pidas
Al bien que eterno gozas,
Que adonde estás, me lleve,
Más pura y más hermosa.
Mi honesto amor te obligue;
Que no es digna victoria
Para quejas humanas
Ser las deidades sordas.
Mas ¡ay que no me escuchas!
Pero la vida es corta:
Viviendo, todo falta;
Muriendo, todo sobra.

Lope de Vega (1562–1635)

48. Romance de Angélica y Medoro-Luis de Góngora (1561-1627)

ROMANCE DE ANGÉLICA Y MEDORO

En un pastoral albergue
Que la guerra entre unos robles
Lo dejó por escondido
O lo perdonó por pobre,

Do la paz viste pellico
Y conduce entre pastores
Ovejas del monte al llano
Y cabras del llano al monte,

Mal herido y bien curado,
Se alberga un dichoso joven,
Que sin clavarle Amor flecha
Le coronó de favores.

has venas con poca sangre,
Los ojos con mucha noche,
Lo halló en el campo aquella
Vida y muerte de los hombres.

Del palafrén se derriba,
No porque al moro conoce,
Sino por ver que la yerba
Tanta sangre paga en flores.

Límpiale el rostro, y la mano
Siente al Amor que se esconde
Tras las rosas, que la muerte
Va violando sus colores.

Escondióse tras las rosas,
Porque labren sus arpones
El diamante del Catay
Con aquella sangre noble.

Ya le regala los ojos,
Ya le entra, sin ver por dónde,
Una piedad mal nacida
Entre dulces escorpiones.

Ya es herido el pedernal,
Ya despide el primer golpe
Centellas de agua, ¡oh piedad,
Hija de padres traidores!

Yerbas le aplica a sus llagas,
Que si no sanan entonces,
En virtud de tales manos
Lisonjean los dolores.

Amor le ofrece su venda,
Mas ella sus velos rompe
Para ligar sus heridas;
Los rayos del sol perdonen.

Los últimos nudos daba
Cuando el cielo la socorre
De un villano en una yegua
Que iba penetrando el bosque.

Enfrénanle de la bella
Las tristes piadosas voces,
Que los firmes troncos mueven
Y las sordas piedras oyen;

Y la que mejor se halla
En las selvas que en la corte,
Simple bondad, al pío ruego
Cortésmente corresponde.

Humilde se apea el villano,
Y sobre la yegua pone
Un cuerpo con poca sangre,
Pero con dos corazones.

A su cabaña los guía;
Que el sol deja su horizonte
Y el humo de su cabaña
Le va sirviendo de norte.

Llegaron temprano a ella,
Do una labradora acoge
Un mal vivo con dos almas,
Una ciega con dos soles.

Blando heno en vez de pluma
Para lecho les compone,
Que será tálamo luego
Do el garzón sus dichas logre.

Las manos, pues, cuyos dedos
Desta vida fueron dioses,
Restituyen a Medoro
Salud nueva, fuerzas dobles,

Y le entregan, cuando menos,
Su beldad y un reino en dote,
Segunda envidia de Marte,
Primera dicha de Adonis.

Corona un lascivo enjambre
De cupidillos menores
La choza, bien como abejas
Hueco tronco de alcornoque.

¡Qué de nudos le está dando
A un áspid la envidia torpe,
Contando de las palomas
Los arrullos gemidores!

¡Qué bien la destierra Amor,
Haciendo la cuerda azote,
Porque el caso no se infame
Y el lugar no se inficione!

Todo es gala el africano,
Su vestido espira olores,
El lunado arco suspende
Y el corvo alfanje depone.

Tórtolas enamoradas
Son sus roncos atambores.
Y los volantes de Venus
Sus bien seguidos pendones.

Desnuda el pecho anda ella,
Vuela el cabello sin orden;
Si lo abrocha, es con claveles,
Con jazmines si lo coge.

El pie calza en lazos de oro,
Porque la nieve se goce,
Y no se vaya por pies
La hermosura del orbe.

Todo sirve a los amantes,
Plumas les baten veloces,
Airecillos lisonjeros,
Si no son murmuradores.

Los campos les dan alfombras,
Los árboles pabellones,
La apacible fuente sueño,
Música los ruiseñores.

Los troncos les dan cortezas,
En que se guarden sus nombres
Mejor que en tablas de mármol
O que en láminas de bronce.

No hay verde fresno sin letra,
Ni blanco chopo sin mote;
Si un valle Angélica suena,
Otro Angélica responde.

Cuevas do el silencio apenas
Deja que sombras las moren,
Profanan con sus abrazos
A pesar de sus horrores.

Choza, pues, tálamo y lecho,
Cortesanos labradores,
Aires, campos, fuentes, vegas,
Cuevas, troncos, aves, flores,

Fresnos, chopos, montes, valles,
Contestes destos amores,
El cielo os, guarde, si puede,
De las locuras del Conde.

Luis de Góngora (1561-1627)

49. Romance-Luis de Góngora (1561-1627)

ROMANCE

Servía en Orán al Rey
Un español con dos lanzas,
Y con el alma y la vida
A una gallarda africana,

Tan noble como hermosa,
Tan amante como amada,
Con quien estaba una noche
Cuando tocaron al arma.

Trescientos Zenetes eran
Deste rebato la causa;
Que los rayos de la luna
Descubrieron las adargas;

Las adargas avisaron
A las mudas atalayas,
Las atalayas los fuegos,
Los fuegos a las campanas;

Y ellas al enamorado,
Que en los brazos de su dama
Oyó el militar estruendo
De las trompas y las cajas.

Espuelas de honor le pican
Y freno de amor le para;
No salir es cobardía,
Ingratitud es dejarla.

Del cuello pendiente ella,
Viéndole tomar la espada,
Con lágrimas y suspiros
Le dice aquestas palabras:

«Salid al campo, Señor,
Bañen mis ojos la cama;
Que ella me será también,
Sin vos, campo de batalla.

»Vestíos y salid apriesa,
Que el general os aguarda;
Yo os hago a vos mucha sobra
Y vos a él mucha falta.

»Bien podéis salir desnudo
Pues mi llanto no os ablanda;
Que tenéis de acero el pecho
Y no habéis menester armas.»

Viendo el español brioso
Cuánto le detiene y habla,
Le dice así: «Mi señora,
Tan dulce como enojada,

»Porque con honra y amor
Yo me quede, cumpla y vaya,
Vaya a los moros el cuerpo,
Y quede con vos el alma.

»Concededme, dueña mía,
Licencia para que salga
Al rebato en vuestro nombre,
Y en vuestro nombre combata.»

Luis de Góngora (1561-1627)

50. Romance-Luis de Góngora (1561-1627)

ROMANCE

Entre los sueltos caballos
De los vencidos Zenetes,
Que por el campo buscaban
Entre lo rojo lo verde,

Aquel español de Orán
Un suelto caballo prende,
Por sus relinchos lozano
Y por sus cernejas fuerte,

Para que lo lleve a él,
Y a un moro cautivo lleve,
Que es uno que ha cautivado,
Capitán de cien Zenetes.

En el ligero caballo
Suben ambos, y él parece,
De cuatro espuelas ,herido,
Que cuatro vientos lo mueven.

Triste camina el alarbe,
Y lo más bajo que puede
Ardientes suspiros lanza
Y amargas lágrimas vierte.

Admirado el español
De ver cada vez que vuelve
Que tan tiernamente llore
Quien tan duramente hiere,

Con razones le pregunta
Comedidas y corteses
De sus suspiros la causa,
Si la causa lo consiente.

El cautivo, como tal,
Sin excusarlo, obedece,
Y a su piadosa demanda
Satisface desta suerte:

«Valiente eres, capitán,
Y cortés como valiente;
Por tu espada y por tu trato
Me has cautivado dos veces.

»Preguntado me has la causa
De mis suspiros ardientes,
Y débote la respuesta
Por quien soy y por quien eres.

»Yo nací en Gelves el año
Que os perdisteis en los Gelves,
De una berberisca noble
Y de un turco mata-siete.

»En Tremecén me crié
Con mi madre y mis parientes
Después que murió mi padre,
Corsario de tres bajeles.

»Junto a mi casa vivía,
Porque más cerca muriese,
Una dama del linaje
De los nobles Melioneses:

»Extremo de las hermosas,
Cuando no de las crüeles,
Hija al fin destas arenas
Engendradoras de sierpes.

»Era tal su hermosura,
Que se hallaran claveles
Más ciertos en sus dos labios
Que en los dos floridos meses.

»Cada vez que la miraba
Salía el sol por su frente,
De tantos rayos vestidos
Cuantos cabellos contiene.

»Juntos así nos criamos,
Y Amor en nuestras niñeces
Hirió nuestros corazones
Con arpones diferentes.

»Labró el oro en mis entrañas
Dulces lazos, tiernas redes,
Mientras el plomo en las suyas
Libertades y desdenes.

»Mas, ya la razón sujeta,
Con palabras me requiere
Que su crueldad le perdone
Y de su beldad me acuerde;

»Y apenas vide trocada
La dureza desta sierpe,
Cuando tú me cautivaste;
Mira si es bien que lamente.

»Ésta, español, es la causa
Que a llanto pudo moverme;
Mira si es razón que llore
Tantos males juntamente.»

Conmovido el capitán
De las lágrimas que vierte,
Parando el veloz caballo,
Que paren sus males quiere.

«Gallardo moro, le dice,
Si adoras como refieres,
Y si como dices amas,
Dichosamente padeces.

»¿Quién pudiera imaginar,
Viendo tus golpes crueles,
Que cupiera alma tan tierna
En pecho tan duro y fuerte?

»Si eres del Amor cautivo,
Desde aquí puedes volverte;
Que me pedirán por robo
Lo que entendí que era suerte.

»Y no quiero por rescate
Que tu dama me presente
Ni las alfombras más finas
Ni las granas más alegres.

»Anda con Dios, sufre y ama,
Y vivirás si lo hicieres,
Con tal que cuando la veas
Pido que de mí te acuerdes.»

Apeóse del caballo,
Y el moro tras él desciende,
Y por el suelo postrado,
La boca a sus pies ofrece.

«Vivas mil años, le dice,
Noble capitán, valiente,
Que ganas mas con librarme
Que ganaste con prenderme.

»Alá se quede contigo
Y te dé victoria siempre
Para que extiendas tu fama
Con hechos tan excelentes.»

Luis de Góngora (1561-1627)

75. Un Castellano Leal-Ángel de Saavedra, Duque de Rivas (1791-1865)

UN CASTELLANO LEAL

Romance primero

«Hola, hidalgos y escuderos
De mi alcurnia y mi blasón,
Mirad como bien nacidos
De mi sangre y casa en pro.

»Esas puertas se defiendan;
Que no ha de entrar, vive Dios,
Por ellas, quien no estuviere
Más limpio que lo está el sol.

»No profane mi palacio
Un fementido traidor
Que contra su Rey combate
Y que a su patria vendió.

»Pues si él es de Reyes primo,
Primo de Reyes soy yo;
Y conde de Benavente
Si él es duque de Borbón.

»Llevándole de ventaja
Que nunca jamás manchó
La traición mi noble sangre,
Y haber nacido español.»

Así atronaba la calle
Una ya cascada voz,
Que de un palacio salía
Cuya puerta se cerró;

Ya a la que estaba a caballo
Sobre un negro pisador,
Siendo en su escudo las lises
Más bien que timbre baldón,

Y de pajes y escuderos
Llevando un tropel en pos
Cubiertos de ricas galas,
El gran duque de Borbón;

El que lidiando en Pavía,
Más que valiente, feroz,
Gozóse en ver prisionero
A su natural señor;

Y que a Toledo ha venido,
Ufano de su traición,
Para recibir mercedes
Y ver al Emperador.

Romance segundo

En una anchurosa cuadra
Del alcázar de Toledo,
Cuyas paredes adornan
Ricos tapices flamencos,

Al lado de una gran mesa,
Que cubre de terciopelo
Napolitano tapete
Con borlones de oro y flecos,

Ante un sillón de respaldo
Que entre bordado arabesco
Los timbres de España ostenta
Y el águila del imperio,

De pie estaba Carlos Quinto,
Que en España era primero,
Con gallardo y noble talle,
Con noble y tranquilo aspecto.

De brocado de oro y blanco
Viste tabardo tudesco,
De rubias martas orlado,
Y desabrochado y suelto,

Dejando ver un justillo
De raso jalde, cubierto
Con primorosos bordados
Y costosos sobrepuestos,

Y la excelsa y noble insignia
Del Toisón de oro, pendiendo
De una preciosa cadena
En la mitad de su pecho.

Un birrete de velludo
Con un blanco airón, sujeto
Por un joyel de diamantes
Y un antiguo camafeo,

Descubre por ambos lados,
Tanta majestad cubriendo,
Rubio, cual barba y bigote,
Bien atusado el cabello.

Apoyada en la cadera
La potente diestra ha puesto,
Que aprieta dos guantes de ámbar
Y un primoroso mosquero,

Y con la siniestra halaga
De un mastín muy corpulento,
Blanco y las orejas rubias,
El ancho y carnoso cuello.

Con el Condestable insigne,
Apaciguador del reino,
De los pasados disturbios
Acaso está discurriendo;

O del trato que dispone
Con el Rey de Francia preso,
O de asuntos de Alemania
Agitada por Latero;

Cuando un tropel de caballos
Oye venir a lo lejos
Y ante el alcázar pararse,
Quedando todo en silencio.

En la antecámara suena
Rumor impensado luego,
Ábrese al fin la mampara
Y entra el de Borbón soberbio,

Con el semblante de azufre
Y con los ojos de fuego,
Bramando de ira y de rabia
Que enfrena mal el respeto;

Y con balbuciente lengua,
Y con mal borrado cerio,
Acusa al de Benavente,
Un desagravio pidiendo.

Del español Condestable
Latió con orgullo el pecho,
Ufano de la entereza
De su esclarecido deudo.

Y aunque advertido procura
Disimular cual discreto,
A su noble rostro asoman
La aprobación y el contento.

El Emperador un punto
Quedó indeciso y suspenso,
Sin saber qué responderle
Al francés, de enojo ciego.

Y aunque en su interior se goza
Con el proceder violento
Del conde de Benavente,
De altas esperanzas lleno

Por tener tales vasallos,
De noble lealtad modelos,
Y con los que el ancho mundo
Será a sus glorias estrecho.

Mucho al de Borbón le debe
Y es fuerza satisfacerlo:
Le ofrece para calmarlo
Un desagravio completo.

Y, llamando a un gentilhombre,
Con el semblante severo
Manda que el de Benavente
Venga a su presencia presto.

Romance tercero

Sostenido por sus pajes
Desciende de su litera
El conde de Benavente
Del alcázar a la puerta.

Era un viejo respetable,
Cuerpo enjuto, cara seca,
Con dos ojos como chispas,
Cargados de largas cejas,

Y con semblante muy noble,
Mas de gravedad tan seria
Que veneración de lejos
Y miedo causa de cerca.

Era su traje unas calzas
De púrpura de Valencia,
Y de recamado ante
Un coleto a la leonesa:

De fino lienzo gallego
Los puños y la gorguera,
Unos y otra guarnecidos
Con randas barcelonesas;

Un birretón de velludo
Con un cintillo de perlas,
Y el gabán de paño verde
Con alamares de seda.

Tan sólo de Calatrava
La insignia española lleva;
Que el Toisón ha despreciado
Por ser orden extranjera.

Con paso tardo, aunque firme,
Sube por las escaleras,
Y al verle, las alabardas
Un golpe dan en la tierra.

Golpe de honor, y de aviso
De que en el alcázar entra
Un Grande, a quien se le debe
Todo honor y reverencia.

Al llegar a la antesala,
Los pajes que están en ella
Con respeto le saludan
Abriendo las anchas puertas.

Con grave paso entra el conde
Sin que otro aviso preceda,
Salones atravesando
Hasta la cámara regia.

Pensativo está el Monarca,
Discurriendo cómo pueda
Componer aquel disturbio
Sin hacer a nadie ofensa.

Mucho al de Borbón le debe ,
Aun mucho más de él espera,
Y al de Benavente mucho
Considerar le interesa.

Dilación no admite el caso,
No hay quien dar consejo pueda
Y Villalar y Pavía
A un tiempo se le recuerdan.

En el sillón asentado
Y el codo sobre la mesa,
Al personaje recibe,
Que comedido se acerca.

Grave el conde le saluda
Con una rodilla en tierra,
Mas como Grande del reino
Sin descubrir la cabeza.

El Emperador benigno
Que alce del suelo le ordena,
Y la plática difícil
Con sagacidad empieza.

Y entre severo y afable
Al cabo le manifiesta
Que es el que a Borbón aloje
Voluntad suya resuelta.

Con respeto muy profundo,
Pero con la voz entera,
Respóndele Benavente,
Destocando la cabeza:

«Soy, señor, vuestro vasallo,
Vos sois mi rey en la tierra,
A vos ordenar os cumple
De mi vida y de mi hacienda.

»Vuestro soy, vuestra mi casa,
De mí disponed y de ella,
Pero no toquéis mi honra
Y respetad mi conciencia.

»Mi casa Borbón ocupe
Puesto que es voluntad vuestra,
Contamine sus paredes,
Sus blasones envilezca;

»Que a mí me sobra en Toledo
Donde vivir, sin que tenga
Que rozarme con traidores,
Cuyo solo aliento infesta.

»Y en cuanto él deje mi casa,
Antes de tornar yo a ella,
Purificaré con fuego
Sus paredes y sus puertas.»

Dijo el conde, la real mano
Besó, cubrió su cabeza,
Y retiróse bajando
A do estaba su litera.

Y a casa de un su pariente
Mandó que lo condujeran,
Abandonando la suya
Con cuanto dentro se encierra.

Quedó absorto Carlos Quinto
De ver tan noble firmeza,
Estimando la de España
Más que la imperial diadema.

Romance cuarto

Muy pocos días el duque
Hizo mansión en Toledo,
Del noble conde ocupando
Los honrados aposentos.

Y la noche en que el palacio
Dejó vacío, partiendo,
Con su séquito y sus pajes,
Orgulloso y satisfecho,

Turbó la apacible luna
Un vapor blanco y espeso
Que de las altas techumbres
Se iba elevando y creciendo:

A poco rato tornóse
En humo confuso y denso
Que en nubarrones oscuros
Ofuscaba el claro cielo;

Después en ardientes chispas,
Y en un resplandor horrendo
Que iluminaba los valles
Dando en el Tajo reflejos,

Y al fin su furor mostrando
En embravecido incendio
Que devoraba altas torres
Y derrumbaba altos techos.

Resonaron las campanas,
Conmovióse todo el pueblo,
De Benavente el palacio
Presa de las llamas viendo.

El Emperador confuso
Corre a procurar remedio,
En atajar tanto daño
Mostrando tenaz empeño.

En vano todo: tragóse
Tantas riquezas el fuego,
A la lealtad castellana
Levantando un monumento.

Aun hoy unos viejos muros
Del humo y las llamas negros
Recuerdan acción tan grande
En la famosa Toledo.

Ángel de Saavedra, Duque de Rivas (1791-1865)

96. Sin Título-Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1970)


Cerraron sus ojos
Que aun tenía abiertos;
Taparon su cara
Con un blanco lienzo;
Y unos sollozando,
Otros en silencio,
De la triste alcoba
Todos se salieron.

La luz, que en un vaso
Ardía en el suelo,
Al muro arrojaba
La sombra del lecho;
Y entre aquella sombra
Velase a intervalos
Dibujarse rígida
La forma del cuerpo.

Despertaba el día
Y a su albor primero
Con sus mil rüidos
Despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
De vida y misterios,
De luz y tinieblas.
Medité un momento:
«¡Dios mío, qué solos
Se quedan los muertos!»

De la casa en hombros
Lleváronla al templo
Y en una capilla
Dejaron el féretro.
Allí rodearon
Sus pálidos restos
De amarillas velas
Y de paños negros.

Al dar de las ánimas
El toque postrero,
Acabó una vieja
Sus últimos rezos;
Cruzó la ancha nave,
Las puertas gimieron,
Y el santo recinto
Quedóse desierto.

De un reloj se oía
Compasado el péndulo.
Y de algunos cirios
El chisporroteo.
Tan medroso y triste,
Tan oscuro y yerto
Todo se encontraba . . .
Que pensé un momento:
«¡Dios mío, qué solos
Se quedan los muertos!»

De la alta campana
La lengua de hierro,
Le dio, volteando,
Su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
Amigos y deudos
Cruzaron en fila,
Formando el cortejo.

Del último asilo,
Oscuro y estrecho,
Abrió la piqueta
El nicho a un extremo.
Allí la acostaron,
Tapiáronlo luego,
Y con un saludo
Despidióse el duelo.

La piqueta al hombro,
El sepulturero
Cantando entre dientes
Se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
Reinaba el silencio;
Perdido en las sombras,
Medité un momento:
«¡Dios mío, qué solos
Se quedan los muertos!»

En las largas noches
Del helado invierno,
Cuando las maderas
Crujir hace el viento
Y azota los vidrios
El fuerte aguacero,
De la pobre niña
A solas me acuerdo.

Allí cae la lluvia
Con un son eterno;
Allí la combate
El soplo del cierzo.
Del húmedo muro
Tendida en el hueco,
¡Acaso de frío
Se hielan sus huesos! . . .

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es vil materia,
Podredumbre y cieno?
¡No sé; pero hay algo
Que explicar no puedo
Que al par nos infunde
Repugnancia y duelo,
Al dejar tan tristes,
Tan solos los muertos!

Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1970)